¿POR QUÉ LOS IGNORANTES SON MÁS FELICES?

Busco la felicidad desde que tengo uso de razón. Creo que también la buscaba antes de tenerla, aunque como no era consciente de lo que era tener la razón, seguramente ya era feliz y no sabía que lo era. De siempre me ha sorprendido la diferencia entre quien es feliz y quien no lo es. Desde la preadolescencia escolar me llamó la atención la desbordante alegría que demostraban públicamente el resto de imberbes de mi clase frente a la apatía que demostraba por mi parte, especialmente hacia ellos. A pesar de compartir espacio, pupitre, recreo y educación, tanta efusividad hormonal me generaba más ofuscación que simpatía. Con el paso de los años, el sentimiento se fue incrementando paulatinamente hasta llegar a la madurez, edad donde se supone se debe comprender, asumir e incluso compartir toda emoción ocurrida a nuestro alrededor. Pero no es mi caso y menos por los motivos que generan felicidad o supuestamente deben provocarla. La relación directa entre el estado anímico y el desconocimiento viene de lejos. Incluso está recogida en nuestro refranero: “ojos que no ven, corazón que no siente”. También Sócrates, allá por el año 400 antes de Cristo, se vio afectado intensamente por la ignorancia y declamó “sólo sé que no sé nada” ante su discípulo Platón que fue quien la apuntó en un papel para elevar a los altares de la posteridad la sabiduría de su maestro y al mismo tiempo reflejar su infelicidad producida por el discernimiento. No me negarán que saber o tener conocimiento de un asunto o materia, cuanto menos genera cierta desazón. Como prueba nada más hay que experimentar el desasosiego que nos produce enfrentarnos a la lectura del manual de uso de una nueva lavadora, o la interpretación de los dibujitos del dossier de montaje de cualquier mueble de IKEA. Cualquier asunto que desafíe lo más mínimo la comodidad en la que estamos instalados, supone un misil directo a la zona de flotación de nuestra felicidad, o lo que cada uno entiende como propia felicidad. Tuve una novia a quien jamás vi coger un libro durante los seis meses de noviazgo. Pasaba horas y horas frente al televisor encadenando el visionado de programas sin mayor interés para el intelecto que ver lo que hacían un grupo de personas encerradas en una casa o lo que se dicen a la cara hombres, mujeres y viceversa. Mi tiempo a su lado fue un calvario, pero ella daba visos constantes de ser la mujer más feliz del mundo ajena por completo a la realidad real del mundo en el que vivía. Después de cortar con ella, opté ennoviarme con otra mujer completamente opuesta. Jamás la vi poner sus ojos sobre la pantalla del televisor ya que su mirada no se alzaba de las páginas de los innumerables libros que sujetaban permanentemente sus manos. Manteníamos conversaciones ultraprofundas sobre el significado de la vida, el sentido de nuestros actos o el legado que dejaremos a generaciones venideras. De dónde venimos y a dónde vamos eran sus dilemas constantes. Al final, como no íbamos ni al bar de la esquina a tomar una caña, tuve que deshacerme de ella fingiendo que bajaba a comprar tabaco y eso que yo no fumo. Tampoco creo que se diera cuenta de mi ausencia ya que la dejé leyendo las primeras páginas de “Guerra y Paz” de Leon Tolstoi.

Con el paso de los años y tras muchos intentos fallidos buscando la felicidad, lo único que me queda es parafrasear a Sócrates afirmando que “sólo sé que soy más viejo”.

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