ADIÓS LECTORA

“El prao Somonte era un recorte triangular de terciopelo verde tendido, como una colgadura, cuesta abajo por la loma.” Así comienza uno de los relatos más bellos que he leído jamás. Fue escrito por Leopoldo Alas hace más de 125 años y fue hace 25 cuando lloré al leerlo por primera vez. No voy a destriparles aquí y ahora el argumento (spoiler, creo que se llama ahora), pero sí que les invito e insisto encarecidamente a que lo lean (absténganse los/las emocionalmente frágiles). Está disponible en internet, pero háganse un favor a sí mismos y cómprenlo en un librería, sanarán su espíritu y el ánimo del señor librero.

A lo que iba. Para quien no sepa nada sobre Leopoldo Alas, además de salir en los billetes de doscientas pesetas (cuando las pesetas tenían tanto valor que hasta venían ilustradas con el rostro de personas valiosísimas para la cultura española), fue un excelente orador político que logró hacer dimitir a un concejal de provincias por el simple hecho de haber dicho “haiga” en un discurso. Si el pobre poeta levantara la cabeza y viera que hoy no dimite ni el más iletrado de los políticos, volvería de nuevo a tumbarse en su tumba con la conciencia tranquila por haber nacido en el momento correcto.

El gran autor de cuya obra cumbre, “La Regenta”, muchos han oído hablar y pocos han querido leer, tuvo una vida tan provinciana como universal. Decir provinciana no es un menosprecio, aunque lo parezca. Al contrario. Pocos como él supieron entender el universalísimo género que supone ambientar una novela en una capital de provincias como lo era Oviedo a finales del siglo XIX. Es precisamente en las provincias donde sucede todo lo que puede suceder en cualquier parte del mundo, por no decir del universo humanamente conocido. En una provincia, el más allá, no existe. Del mismo modo que el atractivo por la gran capital o el sobrepasar la línea divisoria de lo local y lo global también resulta infinito. Es en las capitales de provincia, como en la que vivo, donde el cosmos alinea los planetas para que el universo ponga en tu manos al lector o lectora que deseas y responda a los textos con el acierto y la gracia que han sido concebidos. Gracias a la globalización de la tecnología, lo que pueda ocurrir tres calles más abajo resulta de una magnitud tan estratosférica que no resulta necesario desplazarse más allá de la silla sobre la que asentamos las posaderas para mirar la pantalla del ordenador, de la tablet o del teléfono móvil. También gracias a las nuevas tecnologías, he tenido la inmensa fortuna de tratar con personas a quienes jamás he visto (ni veré) en persona y mantener contacto personal con lectores y lectoras a quienes trataba únicamente a través de los nuevos canales tecnológicos de comunicación. Tras las experiencias sufridas, puedo afirmar que independientemente de las vías de acceso empleadas por los seres humanos para compartir experiencias, opiniones, sentimientos, afectos y emociones, cuando llega el momento de decir adiós, da igual que el amor se vaya por la banda ancha o por las vías del tren como se fue la vaca Cordera que tanto amaron los hermanos gemelos Pinín y Rosa en el relato de Leopoldo Alas “Clarín”. Al final, todo lo que viene se va. Es ley de vida. Sólo nos queda ser agradecidos por lo que recibimos en el momento de recibirlo y despedirse diciendo simplemente adiós. Adiós a todo, adiós lectora.

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