QUIEN NO FOLLA ES PORQUE NO QUIERE

Soy indeciso por naturaleza. Dudo de todo, especialmente de mí mismo. Ya de niño dudaba si jugar al fútbol con los niños de mi barrio o con los del barrio de enfrente con los que había una rivalidad feroz, como en todas las capitales de provincia. Con la llegada de la adolescencia a mi vida, la indecisión me llevó a enamorarme de la misma chica de la que estaba enamorado mi mejor amigo, a pesar de ser una clase caracterizada por la paridad entre géneros y existir igualdad de oportunidades. Ella nunca llegó a saberlo, pero mis señales eran tan evidentes a ojos de todo el mundo que finalmente acabé por perder a mi mejor amigo sin obtener ni una mirada fugaz por parte de ella.

Los años como universitario fueron algo más fáciles. Como no obtuve nota de selectividad suficiente para acceder a la carrera a la que supuestamente me dedicaría en cuerpo y alma, simplemente tuve que seleccionar entre otras cinco más. Aunque de nuevo surgió la duda si inclinarme por la Universidad Complutense o la Universidad Autónoma. Una vez iniciado el curso en la facultad, me costaba elegir entre las asignaturas optativas, entre los horarios de mañana o tarde, o entre asistir a clase de hora y media de filosofía o pasarla fumando porros en el césped como hacían tres cuartas partes del alumnado. De nuevo la indecisión hacía acto de presencia y encima campando a sus anchas en esas edades tan difíciles para los que han salido de la pubertad y aún no han entrado de lleno en la madurez, como era mi caso particular.

Han ido pasando los años sin remisión, y ahora con cuarenta recién cumplidos y supuestamente en edad adulta, continúo dudando de todo. Hay una secretaria en mi oficina que parece que me hace las mismas señales que hacía yo en el instituto a la novia de mi mejor amigo. La pobre se ha debido enterar de que actualmente estoy sin pareja y no deja de enviarme eróticos mensajes vía SMS al móvil iPhone que disfruto yo pero que paga la empresa. Se pasa toda su jornada laboral adhiriendo pósits en la pantalla de mi ordenador invitándome a salir a tomar una copa al “afterwork” de la esquina y no deja de insinuarse descaradamente evidenciando su generoso escote cuando coincidimos “accidentalmente” en la máquina de café. Cualquier otro hombre como yo y en mi misma situación, es decir, en edad de merecer, con sueldo de directivo, dúplex en Arturo Soria, apartamento en la costa Brava, carné de socio del club de golf, un BMW biplaza en el garaje (también biplaza) y una moto Harley Davidson aparcada sobre la acera, lo que pensaría de ella sería que me quiere echar un polvo. Pero dudo mucho de que así sea, especialmente porque se trata de la becaria, por lo que estoy convencido de que lo que quiere realmente es que la suba el sueldo. Aunque como también es indecisa como yo, no se atreve a pedírmelo por las buenas y lo hace con sus encantos femeninos mostrándome las curvilíneas de un cuerpo esculpido por los dioses. Y como tampoco estoy muy seguro de que sea así, prefiero mantenerme al margen y dejarla con la duda que es el territorio de confort más confortable en el que pasar la sórdida existencia a la que nos sometemos los seres humanos sin ninguna necesidad.

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