EL ARTE DE INSULTAR (primera parte)

Tengo por costumbre aprender una palabra nueva cada día. Desde que tengo uso de razón (que no quiere decir que sea desde hace mucho tiempo sino más bien al contrario) incorporo un término nuevo a mi vocabulario y este hecho “me llena de orgullo y satisfacción” como decía el emérito rey. Por cierto, emérito es otra palabra que aprendí de Joseph Aloisius Ratzinger* cuando pasó a mejor vida estando aún en vida.

*Los ateos sabrán quién era Joseph Aloisius Ratzienger, para los demás siempre será Benedicto Equis Uve Palito hasta el fin de su emérita existencia.

A lo que iba, que suelo sumar una definición diaria a mi vocabulario cotidiano aunque después no la dé mucho uso, por no decir ninguno, pero aún así, la aprendo. Y lo hago para que no caiga en desuso por el paso del tiempo y por consiguiente en el olvido de la memoria, concretamente la mía. Para olvidos colectivos y otros desusos debidos al paso del tiempo, existen algunas palabras que sirvieron para insultar y que he decidido recuperar para poner después poner en práctica cada día de la semana. Es decir, a una palabra por día semanal. Y es mi deseo compartir con ustedes, amantes de la lectura, por si a su vez tienen a bien sumarse a mi causa y que no es otra que la de insultar con el arte de siglos pasados.

Para empezar el lunes, nada mejor que aprender una palabra de habitual uso en la Edad Media y que hacía referencia a quienes tenían la fea costumbre de limar el canto de las monedas de oro para ir reuniendo suficiente raspadura de polvo de oro como para sacar un buen partido. La costumbre dio nombre al personaje ejecutor del acto a quien se le denominaba raspamonedas y que se hizo extensible, pero con tono despectivo, a los avaros y usureros, como esos que abundan tanto hoy en día en puestos directivos y consejos de dirección de empresas, ministerios y otras instituciones representativas a nivel internacional de la economía nacional o de la nación misma. Como pueden observar, aunque el término se ha perdido por el paso del tiempo, su significado está más vigente que nunca.

El pasado martes quise aprender otra palabra nueva: lechuguino. No la entrecomillo porque sí es de las que figura en el diccionario de la RAE y que es definida como “muchacho imberbe que se mete a galantear aparentando ser hombre hecho”. También posee la acepción de “lechuga pequeña antes de ser trasplantada”, pero me interesa más su uso como insulto que la acepción gastronómica. Dejó de estar en boca de todos hace décadas, y su uso como insulto era para minusvalorar a quienes pretendían con esfuerzo y ambición hacerse un hueco allá donde estuviesen. Pero viviendo en los años en los que vivimos, donde ser becario, emprendedor, o mileurista es casi un logro, insultar a alguien que responda a esta definición llamándole “lechuguino” está fuera de lugar.

Para el miércoles he decidido aprender otro insulto que también figura en el diccionario de la R.A.E., pero está tan en desuso como el uso de los propios diccionarios. Se trata de la palabra trapisondista. Esta palabra les vendrá bien aprenderla ya que define a quien se mete líos para no sacar más que problemas. Estoy convencido de que conocen a más uno o una. Insúltenle llamándole trapisondista y pensará que es un alago, seguro.

Este mismo jueves he aprendido el insulto zurumbático, que significa lelo, atontado, pasmado. Antes de insultar a un lelo, mejor usen el término zurumbático. Además de agraviar, estarán haciendo arte.

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