EL ARTE DE INSULTAR (segunda parte)

Como pueden apreciar, el tema de los insultos está dando de sí. Casi tanto como una pata de jamón en una boda o un discurso de Fidel Castro ante miles de fieles devotos de la trasnochada revolución. O en mi caso, para algo más que un simple artículo, o sea, dos. La palabra que he aprendido para ser verbalizada en viernes no es otra que una muy usada allá por el año 1611 cuando Sebastián de Covarrubias la definía en su libro “El Tesoro de la Lengua Castellana o Española” para referirse a “hombres muy derechos y muy severos, con una gravedad necia, que no les compete a su calidad”. El bueno de Covarrubias les llamaría “tragavirotes”, aunque hoy les llamaríamos simplemente “estirados” o también “niños pijos”. Después de saludar a todos los tragavirotes con los que me he cruzado los viernes (sin que ellos se hayan percatado de ser insultados), el sábado me dará por recibir a los “pisaverdes” con la terminología creada específicamente para quienes hoy espejamente llamaríamos “metrosexuales”. No busquen la palabra espejamente porque me la acabo de inventar, aunque no la de “pisaverdes” que comenzaré a poner en mi boca cuando me cruce con quien va de puntillas por la vida para no ensuciarse los cordones de los zapatos, o lo que es lo mismo, con quien no da la talla para nada y por no dar, no da ni la hora.

Una vez llegados al domingo, que no deja de ser el cénit de la semana, también llegamos al culmen de insultos en desuso: “badulaque”. Lo más curioso de esta palabra es que las mujeres de antaño la empleaban para nombrar al conjunto de aceites esenciales que usaban para lucir su aspecto facial. “Badulaque”, demás de definir un conjunto de ingredientes para nutrir la tez, también define a quien en esencia no cumple con sus compromisos, desde llegar puntual a la hora acordada hasta aquellos en los dejó su palabra en prenda o puso la mano en el fuego. Por suerte, llamar “badulaque” a una persona por ser necia e inconsistente actitud consigo misma aún tiene vigencia en algunos países de Latinoamérica como Chile o Ecuador donde sí parece que conservan mejores modos y modales para insultar que en la “madre patria”.

Espero no haber sido trapisondista escribiendo este artículo ni haberles dejado a ustedes zurumbáticos tras la lectura. Nada más lejos de mi intención que ser un tragavigotes ni hacerles pensar  que soy un pisaverdes. Como no tengo nada de raspamonedas y mucho menos de badulaque sólo me queda despedirme como lo haría un lechuguino, pero me he quedado sin palabras. Y no porque me quede callado, sino porque de la sarta de tonterías que me da por escribir, me río a carcajadas de mí mismo y por eso no puedo ni hablar.

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