FLORENCIA

Acabo de regresar de Florencia. Esa ciudad en la que el Renacimiento hizo de las suyas y los Medici lo hicieron todo suyo. A cada paso hay tanta belleza, que de vuelta al hotel tienes que conectarte a “Telechincue” para regresar al planeta tierra. Aunque el batacazo puede estar a la altura del Challenger, con la salvedad de que aquellos tripulantes lo hicieron a cientos de kilómetros de distancia y tú lo haces a ras de tierra.

El talento de siglos te asalta a la vuelta de la esquina con la misma violencia que lo hace un yonqui en la cima de su síndrome de abstinencia. Y hablando de síndromes, el autor Stendhal pasó a la historia por dar nombre a un síndrome contraído en esa misma ciudad (que sabiendo lo cultos que son ustedes no me voy a poner a describir sus síntomas en este momento). Estaba claro que Berlusconi, nunca lo sufrió y por eso montó un canal de televisión con unos contenidos para un país que parece ser, a día de hoy, aún tampoco lo ha sufrido.

Volviendo a relatar los pormenores de mi estancia en Florencia, visité la escultura más famosa del mundo: El David de Miguel Ángel. Una figura de igual envergadura que el talento de su escultor. Docenas de turistas de todos los puntos cardinales giraban a su alrededor boquiabiertos con la tortícolis llamando a la puerta de sus nucas. El viajero de hoy, a diferencia del clásico viajero que lo que hacía era viajar para descubrir, actualmente sólo viaja para reconocer. Si lo que visita no está en la guía, no existe. Da igual que le pongan delante unos espaguetis “vongole” o la Venus de Botticelli saliendo de su concha, que si no aparece en su guía, serán espagueti Botticelli a lo “frutti di mare”. En fin, que me despisto, lo que quiero decir es que en ese estupendo museo italiano que es la Academia estaba representada toda la humanidad dando vueltas al David de Miguel Ángel mientras en mi cabeza sonaba la canción “gira, el mundo gira” que cantaba…vaya…, ahora no me acuerdo, luego me vendrá, seguro.

Tras un paseo por la plaza de la Signoria, cruzar el Ponte Vecchio y hacer un amago de entrar a la catedral, me incliné por subir al “campanile” en la Piazza de Duomo. Más de 400 escalones para divisar desde la cumbre y en una visión de 360 grados toda la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Desde las alturas, se está tan cerca de la cúpula de Brunelleschi que casi se puede acariciar con la yema de los dedos. Nunca pensé que para poner los pies en la tierra hubiera que subir tan alto. Pero así es la bella Florencia. Y allí fue, en Florencia, donde finalmente me encontré de cara con Stendhal o fue con…eso: ¡Jimmy Fontana!

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