NIÑOS NO, GRACIAS

Después de escuchar (y ver) en las noticias del telediario (no recuerdo si fue en el de la 1, la 2, la 3, la 4, la 5 o la Sexta) la proliferación de hoteles que garantizan al cliente la inexistencia de niños en sus instalaciones, tuve que bajar al quiosco a comprar el periódico para cerciorarme de que lo escuchado (y visto) era cierto. En la tele, el director de uno de esos hoteles quien, no sin cierta dosis de vanidosa iniquidad, ofrecía a los susceptibles clientes potenciales de su alojamiento la posibilidad de disfrutar del merecido descanso gracias a la medida (de dudosa legalidad, por otro lado) de no permitir dar cobijo a los muy menores de edad.

Supongo que denegar el permiso de alojamiento a menores incluirá también a los padres que acompañen al niño, aunque eso no lo escuché (ni lo vi) ni por la tele ni tampoco escrito en el artículo del periódico donde, efectivamente, se anunciaba la noticia como si fuera noticia, y no como una barbaridad que es lo que es en realidad. Gracias a la prensa escrita, me he enterado que son muchas las cadenas hoteleras que poseen hoteles donde los niños no son bien recibidos. De hecho, aparecía una lista de ellos con dirección, teléfono, página web, e incluso correo electrónico animando a los lectores a realizar reservas para sus próximas vacaciones del puente de la Constitución (qué ironía). Aunque ellos consideren más apropiado definir el servicio como “only adults” y escrito en inglés que queda más “cool”, la medida tanto en los hoteles ubicados en España como más allá de nuestras fronteras me parece un acto más propio del medievo que del siglo XXI. Qué digo del medievo, impropio del ser humano desde que sabemos que el hombre es hombre. Si Herodes levantara la cabeza se sentiría muy satisfecho por su legado además de por tener varios hoteles donde elegir para pasar la noche ya sea solo o acompañado de la guardia pretoriana que tenía a su disposición en calidad de vasallo de Roma.

Cada vez que regreso a casa tras recoger a mi sobrina del colegio y paso por la puerta de alguno de esos hoteles, cruzamos de acera no sea que salga Herodes de su castillo de cuatro estrellas con jacuzzi, spa y pantalla de plasma en cada habitación y se me lleve a mi sobrina de cuatro años por el simple hecho de no ser aún cliente potencial de alojarse en una habitación de su castillo.

Antes de llegar a adultos, todos hemos sido niños y hemos llorado cuando teníamos hambre aunque no fuera la hora de comer, hemos correteado por donde no había que corretear y nos hemos cagado donde no había que cagarse. Con el tiempo, fuimos educados para comer cuando había que comer, correr sólo para no perder el autobús y dejar de cagarnos allá donde nos diera la gana. Pero da la impresión de que aún los hay que se siguen cagando, pero de miedo cuando ven peligrar los beneficios de sus hoteles y se inventan fórmulas para atraer a clientes que olvidaron ser niños para convertirse en adultos de mierda y vasallos del dinero.

Lo que hay que escuchar (y ver).

 

 

 

 

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