MENUDO CABRONAZO

Era martes. El encargo era otro de tantos. “Mi marido me engaña con otra”. Su afirmación me resultó difícil de creer. Nunca había visto una mujer como ella. Alta, delgada. De hombros anchos y estrechas caderas. Rubia platino. Ojos esmeralda. Labios carnosos acarminados y dientes de marfil. Piernas kilométricas y muslos esculpidos a base de horas de pilates. “¿Por qué lo cree?”, pregunté. “Ya no es el que era”, respondió retrepándose en la silla y cruzando las piernas al tiempo que dejaba ver inconscientemente el dibujo de las medias de lencería que alcanzaban la parte baja de sus nalgas. “Necesitaré información”, dije tratando de no ser indiscreto con la mirada. “Aquí tiene todo lo que necesita saber”, respondió alargando un sobre del que asomaba una fotografía de boda en la que aparecía ella junto a un hombre alto y bien parecido. Adelantó el 50% de la tarifa habitual para estos casos y añadió el otro 50% restante con la condición de tener resultados antes del viernes. No quiso rubricar el acuerdo sobre ningún contrato. Bastó un apretón de manos que también sirvió de despedida. Sentir el tacto suave de su piel me excitó levemente, pero procuré disimular. Me eché a la calle esa misma tarde y también el miércoles entero. El jueves por la mañana ya había resuelto el caso. Bastó seguir los pasos de él a la salida de su lugar de trabajo, una sucursal bancaria en un barrio de nueva construcción. Subió a un BMW M550d XDrive color gris marengo y condujo hasta el hotel NH de Las Tablas. Allí permaneció desde las dos y media hasta las cinco menos cuarto. El conserje del hotel, con quien mantengo una amistad que alimento a base de billetes de 50 euros siempre que lo necesito, ilustraba la respuesta a mis preguntas con fechas y más fechas. “Cada martes y jueves”, dijo alargando la mano para recoger el fruto pecuniario de su cooperación. “Desde hace seis meses”, contestó mientras se enfundaba  el segundo billete en el bolsillo interior de su chaquetilla. “¿Siempre con la misma?”, pregunté dejando ver un tercer billete por el borde de mi cartera. “Sí señor. Siempre con la misma rubia platino de ojos esmeralda labios carnosos acarminados y dientes de marfil con piernas kilométricas y muslos esculpidos a base de horas de pilates”, dijo el conserje de un tirón relamiéndose por el nuevo billete de 50 euros que introducía parsimoniosamente en el mismo bolsillo que los dos anteriores.

El viernes volvió a aparecer en el despacho. Puntual. Tal y como dijo que haría. Esperaba escuchar las conclusiones de mi investigación que refutaran las sospechas del engaño al que estaba siendo sometida por su marido. Yo a cambio, la devolví el cheque que me extendió ella por el importe total de mis servicios. Se volvió por donde había venido totalmente indignada y amenazando con no sé qué de una demanda por incumplimiento de un contrato que ni siquiera había firmado. Pobre ingenua.

Nunca se fíen de un detective privado sin escrúpulos. Y menos de las hermanas gemelas. Que además, suelen pagar mejor.

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