¿EXISTE EL AMOR SUBLIMINAL?

Cuando era estudiante de publicidad, allá por los años 80, había un anciano profesor fascinado por la publicidad subliminal. En cada una de sus clases ilustraba su obsesión con cientos de anuncios de prensa que tenía la molestia de proyectar en la pared a través de un proyector de diapositivas marca Kodak. El buen hombre, que por aquel entonces peinaba canas, se ponía verde cada vez que algún alumno o alumna sacaba el tema a colación. “¿Usted cree en la eficacia de la publicidad subliminal?” preguntaba María, la empollona de la clase. “Si es que existe, claro” apostillaba la chica para dejar claro el tono de incertidumbre en su pregunta. En ese instante, la habitual palidez semimortecina del rostro del profesor mutaba hacia un tono CMYK de valores variables pero siempre cercanos al verde esmeralda, o sea, oscuro y raro de encontrar. Y cuando digo que se ponía verde, no quiero decir que se enervaba, sino al contrario, mutaba en un viejo verde de los de antes, o sea, oscuro y fácil de encontrar.

En la penumbra de la clase, donde únicamente podía adivinarse vida humana a diez centímetros del haz de luz proveniente del proyector de diapositivas, el anciano maestro ponía sucesivos ejemplos publicitarios donde él siempre lograba ver pechos femeninos, culos, falos, vaginas, bolsas testiculares, y no sé cuantos más tipos de aparatos sexuales y reproductores camuflados entre los hielos de una copa de brandy, en las caprichosas formas de una nube en el cielo o agazapados en el follaje de un bosque (la palabra “follaje” la digo con segundas, claro). Por aquel entonces, aquellas visiones paranormales causaban al alumnado poco más que cierto sonrojo y alguna que otra carcajada, pero con el paso de los años he ido dándome cuenta que donde antaño aquel viejo venerable maestro veía pornografía yo he empezado a ver hoy sensualidad. Será por eso que desde que salí de la facultad y me dediqué profesionalmente a redactar slogans (claims, es el término profesional) donde otros leían “El frotar se va a acabar” yo leía “El follar se va acabar”. O cuando escuchaba en televisión la frase “Un diamante es para siempre” yo entendía “Un amante es para siempre”.

Tal ha sido la afección de la publicidad subliminal en mi realidad cognoscitiva que aún a día de hoy, cuando necesito hacer el amor con una mujer que no sea mi querida esposa, me viene a la cabeza la frase: “Hay cosas que el amor no puede comprar, para todo lo demás, Mastercard”. Para que luego digan que la publicidad no influye en las personas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s