CITA A CIEGAS

Esta noche tengo una cita a ciegas. Como su propio nombre indica, no es ir hasta las cejas de alcohol a un encuentro con un invidente, sino que recibe su nombre debido a que ninguna de la partes citadas ha tenido la oportunidad de ponerse cara con anterioridad. Ni tú a él, ni él tampoco a ti.

La encerrona de la cita a ciegas me la han preparado unas amigas. Dicen que desde que lo dejé con mi novio, hace ya cuatro meses, va siendo hora de “dar una alegría al cuerpo”. Cuando ellas dicen “dar una alegría al cuerpo” se refieren a la parte del cuerpo que se halla en la entrepierna. Si fuera dar una alegría a mi inteligencia, no me hubieran preparado una cita a ciegas con alguien que desconozco su nombre, su peso, su altura y sobretodo su coeficiente intelectual. Supongo que él tampoco espera encontrarse a alguien con dos carreras universitarias, un master en dirección y administración de empresas, completamente bilingüe y con un alto cargo de responsabilidad en una corporación del IBEX 35 (que prefiero mantener en el anonimato). Sé que mis amigas no le han dicho nada de todo esto, porque conociendo como conozco a los hombres, ninguno se hubiera atrevido a tener una cita a ciegas con alguien con semejante currículum. Seguro que él espera encontrarse sólo a una mujer con un sólo título universitario, un sólo idioma en el que expresarse, una soledad inmensa y unas ganas tremendas de recibir un revolcón.

Para cumplir las expectativas del macho masculino que acuda a mi cita a ciegas y de paso satisfacer a las harpías de mis amigas, estoy tratando de decidir entre vestir una minifalda a ras de coño o ponerme unos leggings ajustados de los que llaman vulgarmente “de sordomudo” (porque se leen los labios). Si vistiera como suelo vestir habitualmente, mi cita se llevaría una impresión equivocada de lo que significa una cita a ciegas. Aunque vistiendo como un zorrón del quince como pienso vestirme, la que tiene una impresión equivocada de sí misma estoy siendo yo. Pero estoy segura de que se me pasará después del primer magreo. Y viéndolo por otro lado, mañana tendré algo interesante que contar a mis amigas harpías para que dejen de ir diciendo por ahí lo estrecha y aburrida que soy. Por eso prefiero acudir a mi cita a ciegas vestida como una puta y dejarlas que sigan pensando lo que les gusta pensar. Porque las alegrías que doy a mi entrepierna, me las doy cuando yo quiero y con quien yo quiero, sin tener que dar explicaciones a nadie. Ni siquiera a ustedes, estimados lectores, que han llegado hasta aquí leyendo este artículo que sólo sirve para sacarles una sonrisa. Feliz fin de semana.

 

 

 

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