COSAS DE CASA

Tras seis días dedicados al trabajo sin descanso, reservo el domingo para poner en orden la casa. Si Dios nuestro Señor inventó el último día de la semana para no hacer nada de nada, yo lo empleo en mover lo muebles de acá para allá. Nada mejor que cambiar de sitio las cosas para encontrar el Feng-chui, Fen-sushi o como “cojoñes” se diga (no busquen la palabra “cojoñes” en el diccionario porque no existe, me la acabo de inventar buscando la paridad lingüística entre el término “cojones” y “coño”, cuando en realidad ambos términos sirven para definir claramente la misma situación o acontecimiento en el mismo momento de producirse).

A lo que iba, que cada domingo de la semana, me lo paso poniendo el sofá donde estaba la televisión de plasma, la televisión de plasma donde puse el aparador la semana anterior y el aparador donde el mes pasado estaba la cómoda. Con tanto cambio, podría decirse que cada semana estreno casa nueva y sin modificar el código postal. Y ahora que hablamos de código postal, ¿cuándo fue la última vez que recibieron ustedes una carta en su buzón? Les recuerdo que el buzón es ese objeto que existe en los portales de los edificios según entras a mano izquierda. No, eso que parece una escultura de arte moderno de ARCO, no es una escultura de arte moderno de ARCO, son los buzones en los que un señor (o señora) del siglo XX vestido de uniforme y que atendía al nombre de “cartero” introducía un sobre con remitente y dirigido a la atención de cualquiera de los vecinos de la comunidad, incluido usted. En mi caso particular, la última vez que recibí un sobre dirigido a mi atención, es decir, que llevaba mi nombre y apellidos, fue allá por 1998. Lo recuerdo como si fuera ayer, porque el remitente no era otro que el Ministerio de Hacienda. En su interior, bastaron unas palabras escritas en tipografía Times New Roman y en cursiva, bold y por si no quedaba claro también subrayadas, en las que con expresión oficial se me reclamaba una cantidad de 4 dígitos en concepto de intereses por el impago de otra cifra de 6 dígitos de los impuestos correspondientes a una serie de años, que por no especificar diré que llegaba a los 2 dígitos. La ventaja de recibir correo postal es que siempre puedes argumentar ausencia del domicilio para negar la mayor de estar informado. Es lo que suelo hacer yo cuando recibo correo no deseado, especialmente si procede del Ministerio de Hacienda. Aunque lo que nunca falla, es argumentar que la ausencia del domicilio también conlleva la desaparición fiscal, al menos en España. Nada como vivir en un paraíso financiero para hacerle ver a Hacienda que no existo, ni como ciudadano y mucho menos como contribuyente. Se lo recomiendo a todos ustedes. Ni se imaginan la cantidad de españoles que lo hacemos, a algunos seguro que les conocen personalmente y no tienen ni idea.

Les dejo que tengo que amueblar mi vida, todo por mantener vivo el Feng-shui en mi vida de evasor fiscal.

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