INTOLERANTE A LA INTOLERANCIA

Vengo del médico y me ha diagnosticado intolerancia al marisco. “¡Maldición!”, he exclamado con educación en la consulta segundos antes de que el propio médico dijera “Qué putada, ¿no?”.

Junto a mi conocida intolerancia a los ácaros, a los felinos domésticos, a los bebés que gatean y a toda tipología de seres que pasan gran parte de su tiempo a ras de suelo, puedo confirmar que soy un intolerante en toda regla (aunque desconozco si hay reglas para los intolerantes y si las hay, cuáles son las normas a cumplir).

He de reconocer que con quien soy manifiestamente intolerante es con los seres humanos de comportamiento intolerante. Las personas intolerantes son aquellas que presumen públicamente de una inflexibilidad a prueba de fuego. Cuando hallan la mínima oportunidad, hacen visible su férreo carácter forjado en los altos hornos de Vizcaya sin haber reclamado su opinión o postura en el asunto que se está tratando. Para ellos es inevitable dejar claro que, aunque pasen horas sumergidos en un crisol, nada les doblega lo más mínimo. Es decir, su intolerancia está hecha de Criptonita.

Mi cuñado es un claro ejemplo de persona intolerante. Su innato proceder le conduce a decir “no” a todo. Dice que no a echar una mano al cuidado de sus propios hijos (mis sobrinos). Dice que no a echar una mano a buscar apartamento de alquiler cuando vamos en familia a la playa. Dice que no a subir y bajar las maletas de casa al coche y del coche al apartamento. Dice que no a elegir el chiringuito más adecuado para comer en familia. Pero cuando llega el momento de sentarse a la mesa, es el primero en echar mano a la paella de marisco, a la sangría y sobretodo al culo de la camarera del chiringuito que sobrelleva el magreo con la tolerancia que exhiben los inmigrantes venidos de países en conflicto y buscan en el nuestro la paz que no hallan en el suyo.

Al final y como de costumbre, también soy yo el que tiene que echar mano a la cartera y levantarse a pagar la paella y la sangría. Lo malo de ser intolerante al marisco es que con la excusa de la intolerancia, tengo que ceder mi ración de langostinos a mi cuñado, quien además de su ración, se ha comido la mía y la de su mujer (mi hermana) al completo y rechupeteando hasta los bigotes de las cabezas. Y lo bueno, es que la camarera me acaba de alertar que estaban en mal estado. Lógicamente, no he dicho ni pío a mi cuñado y la joven inmigrante ha recibido una suculenta propina de mi parte por ofrecerme en exclusiva tan relevante información.

No sé si el destino existe, pero al final, cada uno acaba recibiendo lo que se merece.

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