ES TRISTE ROBAR, PERO MÁS TRISTE ES PEDIR

La primera vez que monté en el Metro de Madrid, allá por los primeros años de los años 80, me di de bruces con un yonqui. El joven drogadicto (apenas cinco años mayor que yo) pedía limosna sorteando en zigzag a los pasajeros del vagón buscando la suerte que la lotería de la vida le había negado.

Además de ser mi primera vez en Metro, también fue la primera vez que veía a un yonqui y la primera de muchas que alargaba el brazo para soltar en sus manos una “chocolatina” (moneda de 100 pesetas) que calmase mi conciencia y de paso su ansia de “chocolate” o del tipo de droga a la que fuera adicto. Como pueden ver, mi primer contacto con la ciudad más grande del país con apenas catorce años no fue muy dulce que digamos.

Como ocurre con todo en esta vida, las primeras ocasiones quedan grabadas para siempre en nuestra memoria o en nuestra retina. En mi caso, lo que quedó grabado en mis tímpanos fue la frase que recitaba el yonqui como una letanía para recaudar dinero entre los pasajeros: “Es triste pedir, pero más triste es robar. Es triste pedir, pero más triste es robar” repetía plañideramente. También recuerdo perfectamente su chándal de yonqui, sus zapatillas de yonqui, su delgadez de yonqui y la retahíla “es triste pedir, pero más triste es robar” con el deje cadente de su voz de yonqui.

Ayer por la mañana, leí en la prensa nacional que comenzaba el mayor macrojuicio jamás celebrado en España contra la corrupción. Se juzga a un número considerable de expolíticos, exdirectivos de empresas, expresidentes de entidades financieras, extesoreros de partidos políticos, exvicepresidentes de gobierno y a otros muchos “ex” que han ejercido de todo a lo largo de su vida de corrupción, incluyendo la delincuencia.

Viéndoles uno a uno, ninguno de ellos tiene aspecto de drogodependiente. Ninguno viste chándal, ni calza zapatillas, ni tampoco se les ve falto de peso. Pero no por ello son menos adictos que lo era el yonqui del Metro de Madrid al que vi hace más de 30 años. Aquel politoxicómano tenía la decencia de argumentar con razones de peso los motivos por los cuales reclamaba a los pasajeros alguna moneda para satisfacer sus adicción. Los adictos al dinero, en cambio, no han tenido ninguna decencia en tomar el dinero que les ha dado la gana (incluyendo a ancianos y discapacitados intelectuales) para satisfacer su adicción. Y su dependencia de la avaricia les ha llevado a sentarse ante un juez, quien supongo les dará lo suyo, es decir, un futuro menos dulce del que vivió el yonqui de los 80 a base de porros de “chocolate”. Esperemos que a la hora de declarar no argumenten su defensa con la frase: “Es triste robar, pero más triste es pedir”.

Es el momento de que hable la Justicia o terminará hablando el pueblo.

 

 

 

 

 

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