RASURADITA

Fue la palabra estrella del día de ayer. No sé cuál será la palabra estrella de hoy sábado, pero la palabra del viernes aún me tiene conmocionado. El término “rasuradita” lleva dando vueltas en mi cabeza como una motocicleta en un motodrome. Para los que no sean muy de andar navegando por las redes sociales, les pongo en situación del origen de tanto revuelo viral:

Periódico: “Levante. El mercantil valenciano”.

Entrevistada: Sara Monsalvatje, candidata a ser elegida Fallera Mayor de Valencia.

Entrevistador: Moisés Domínguez, periodista (supongo que es periodista porque a día de hoy cualquier persona puede ser periodista del mismo modo que cualquier mujer puede ser Fallera Mayor de Valencia, ya que en ambos casos el coeficiente intelectual no es tenido en cuenta ni supone impedimento alguno para ejercer el puesto).

Pregunta del entrevistador: “¿Cuál es su nivel de inglés?”

Respuesta de la entrevistada: “Reconozco que rasuradita

Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, el término “rasurada” contempla dos acepciones: 1. Acción y efecto de rasurar. 2. Reprensión que se hace a alguien.

Ninguna de las dos significaciones alude correctamente a una posible respuesta a la pregunta del periodista, a no ser que la Fallera Mayor en potencia haya pasado por alto la tilde en la palabra “inglés” o que el periodista en cuestión haya prescindido de la misma previendo la sincera y honesta contestación de la candidata.

Han pasado casi 20 años desde que el insigne novelista colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de literatura, afirmó en el Congreso Nacional de la Lengua Española en el estado mexicano de Zacatecas que había que “jubilar la ortografía, el terror del ser humano desde la cuna”.  Muchos se lo han tomado en serio, como la futurible Fallera Mayor que confundió el adjetivo “inglés” con la parte del cuerpo humano donde confluyen el torso y el muslo, y que a falta de virgulilla se denomina ingle. Me imagino que por esa razón, Sara Monsalvatje está ahora mismo en boca de todos y especialmente en mi cabeza gracias a la descripción detallada sin pelos ni señales del estado estético de su ingle (que no de su nivel idiomático del idioma que hablan nativamente más de 328 millones de personas).

En 1997, García Márquez justificó sus palabras sugiriendo a la “sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros”.

No pretendo reprender a nadie (usando la segunda acepción del término rasurar), pero me temo que la gramática a la que aludía García Márquez no tiene nada que ver con simplificar la vida a la gente. Hay algunas personas que son simples de nacimiento, así de simple. Aunque si leyeran “Cien años de soledad” o “Crónica de una muerte anunciada” puede que Valencia tuviera una Fallera Mayor más famosa por la espesura de sus conocimientos que por tener la ingle “rasuradita”.

 

 

 

 

 

 

 

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