PUTO TRABAJO

“No hay nada peor que hacer bien lo que se te da bien”, me dijo en cierta ocasión un amigo fotógrafo. Coincidí con él en una boda. Yo iba de invitado y él iba a trabajar. Su curro era fotografiar a los novios y también a los invitados, entre los que yo estaba incluido. “Hago esto para poder pagar la hipoteca, el colegio de los niños y llenar la nevera”, volvió a decirme mientras yo apuraba mi cuarta copa de vino Rioja y él extraía la tarjeta digital completa de 32 gigas de su cámara réflex Canon 5D. “Mañana vuelo a la frontera de Libia a fotografiar a los refugiados que huyen de la guerra”, continuó diciéndome al tiempo que yo rellenaba mi quinta copa de vino Rioja y él cargaba otra tarjeta de 64 gigas, vacía.

A la mañana siguiente y con una resaca de tres pares de narices, regresé a mi rutina diaria que me lleva a hacer lo mismo de lunes a viernes y durante 8 horas al día (habitualmente alguna más). No voy a confesar cómo me gano la vida porque no me dedico a lo que estudié en la facultad, ni tampoco a lo que se me da bien. Ni valgo para ello, ni me hace feliz, ni me reconforta, ni me hace mejor persona, ni ayudo a mejorar la sociedad, ni dejaré un legado para el futuro, ni nada de nada de nada. Sólo me sirve para ganar el dinero justo para pagar la hipoteca, el colegio de los niños y llenar la nevera.

Soy como uno más de otros tantos que hacen lo que hacen sin saber muy bien por qué lo hacen. Si tuviera la valentía que demuestra mi amigo fotógrafo, también haría lo que me gusta hacer. Aunque seguramente otros menos valientes argumentarían mi decisión diciendo: “No te quejes por querer ganar dinero mientras te lo pasas bien”, “Es que lo que haces, lo haces por hobby”, “Si haces lo que te gusta, que te paguen por ello es lo de menos”. Todos aquellos que tienen la pretensión de ganarse la vida con aquello para lo que consideran estar dotados de nacimiento habrán escuchado alguna de estas expresiones (o similares, o todas a la vez) en algún momento laboral de su vida. Sólo ellos y ellas saben lo que significa ganarse la vida con aquello para lo se consideran vocacionalmente dotados. Lamentablemente el resto de personas, entre las que me incluyo, no hemos descubierto aún nuestra verdadera vocación que daría sentido a nuestra vida como la fotografía en zonas de conflicto da sentido a la de mi amigo fotógrafo.

No he vuelto a coincidir con él en ninguna boda, ni tampoco en otro lugar. Supongo que él seguirá viendo el mundo a través del visor de su cámara y yo a través de la pantalla del televisor. Ahora, cada vez que vuelvo a mirar las fotos que me hizo en aquella boda, supongo que nos vería a los invitados como refugiados del mundo capitalista que quieren huir de sus propias vidas asistiendo a bodas, banquetes y comuniones. Qué mundo más raro.

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