¿POR QUÉ TENGO TAN MALA SUERTE?

Desde que tengo uso de razón me gusta echar un billetito a los ciegos. Echar un billetito a los ciegos no quiere decir dar billetes de veinte euros a diestro y siniestro a los invidentes que veo  por la calle. Lo que quiero decir, es que tengo como afición jugar a la lotería de la Organización Nacional de Ciegos de España siempre que tengo oportunidad de hacerlo, que suele ser con bastante frecuencia. Tampoco estoy diciendo que mi hobby de comprar un billetito a los ciegos demuestre una adicción patológica a los juegos de azar (ludopatía, me han dicho que se llama). Confieso que jamás he introducido una moneda en la ranura de ninguna máquina electrónica y tampoco conozco la mecánica que hay detrás (o delante) del juego del bingo, de la Bonotolo, el Euromillón, la Quiniela o las carreras (ya sean de galgos, de caballos pura sangre, mushing, skijöring o canicross u otras competiciones absurdas en las que se usan animales sin el permiso de los mismos). Odio tanto el empleo de animales como elemento de entretenimiento humano como amo los designios del azar. Porque estoy plenamente convencido de que el azar y el amor son la misma cosa. Para que exista correlación, ambas partes tienen que estar en sintonía. En el caso del azar, es obligatorio adquirir un billete de lotería de Navidad por un lado y que por el otro lado, el niño de San Ildefonso cante el número que figura en el anverso. Si el número adquirido coincide con el número que canta el jovencito imberbe, te ha tocado el Gordo. En el caso del sentimiento afectivo amoroso, resulta imprescindible que el reverso y anverso también coincidan en espacio y tiempo. Si existe coincidencia, también ha tocado el Gordo (o la gorda, independientemente del gusto por el físico de cada uno y la inclinación sexual del afortunado o afortunada).

La única vez en mi vida que se me ocurrió comprar lotería de Navidad con la esperanza de que me tocara el Gordo, me tocó la pedrea. Puede que sea por eso por lo que cada vez que juego en la lotería del amor, la pedrada que me llevo es inversamente proporcional a la emoción que conlleva ganar la pedrea el mes de Diciembre. Después de aquella ocasión, jamás volví a jugar a la lotería de Navidad. En cambio, me aficioné a echar un billetito a los ciegos casi a diario. Tampoco me toca nunca nada, ni siquiera el reintegro. Pero sé que tarde o temprano la chica del puesto se fijará en mí y entonces surgirá el amor entre nosotros dos. Dicen que el amor es ciego, en mi caso, es literal. Y al igual que ocurre con la lotería, el secreto del éxito está en insistir y seguir apostando. Y cuando por fin llegue a darse cuenta de que ella es la mujer de mi vida o yo el hombre de la suya, podré gritar bien alto: ¡Bingo!

 

 

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