ME CAGO EN EL AMOR

Tuve una novia a la que nunca amé. Empezamos a salir porque ella quiso que empezáramos a salir y porque cuando me lo pidió, yo no tenía nada mejor que hacer.

Paseábamos juntos de la mano (ella de la mía, porque yo apenas apretaba la suya). Comíamos juntos (los platos que ella cocinaba con los mejores productos del mercado, incluyendo el ingrediente del cariño que añadía sin medida en cada receta). Íbamos al cine con frecuencia (siempre sentados en la última fila, para que yo la metiera mano, aunque mis ojos estuvieran más atentos a la película proyectada en la pantalla). Salíamos a cenar fuera en alguna ocasión (ella insistía en invitarme, aunque era yo quien elegía el menú más caro del restaurante más caro). Viajamos a destinos exóticos (con lo bien que se está en casa, al menos yo). Y hacíamos el amor cada fin de semana y algún día entre semana (bueno, yo más bien hacía deporte horizontal).

Tras varios meses de relación, me dijo que ya no sentía nada por mí y que mejor sería que lo dejáramos, que la magia se había esfumado y que lo que antes sentía por mí lo siente ahora por otro hombre que, al parecer, ha conectado mejor con su alma (o eso dice ella). Lo más triste es que el otro hombre desconoce el cariz de los sentimientos de ella hacia él, pero ella afirma ser feliz porque está enamorada del amor (o eso vuelve a decir).

Es curioso. Desde que no estamos juntos me siento vacío. Debe ser una sensación parecida a quedarse ciego después de haber visto, o notar el cosquilleo en el muñón cuando acercas el brazo manco a coger un objeto que antes cogías de modo natural. El caso es que cuando la tenía a ella, no la veía, y ahora que no la tengo, la veo en todo momento y en todas partes, incluso sabiendo que jamás volveremos a estar el uno junto al otro. También siento su piel en la yema de mis dedos, que se han convertido en cinco muñones que notan un cosquilleo producto de la orden enviada por el cerebro, y cuya respuesta no es codificada ante la ausencia de otra piel que acariciar.

 

Así somos algunos seres humanos. Para llegar a saber lo que significa ser amado, nada mejor que nos extirpen el sentimiento de cuajo. Tampoco consuela mucho cruzarse por la calle con otros desenamorados que son mancos y otros ciegos a cada paso, que haberlos haylos, y muchos más de los que imaginan. Los desenamorados nos reconocemos entre nosotros porque a pesar de mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar, o alzar la mano desde el borde de la acera para pedir un taxi, con frecuencia somos atropellados y casi siempre los taxis pasan de largo. Somos invisibles para el resto de humanos, que sí gozan del amor correspondido y sólo tienen ojos para su amado o amada.

El otro día me llamaron del tanatorio de mi ciudad capital de provincias. Habían encontrado el cadáver atropellado de una mujer y solicitaban mi ayuda en la sesión de reconocimiento. Mi número de teléfono había aparecido entre los papeles arrugados que portaba en su cartera sin mayor identificación que la tarjeta de descuento del Erosky y un carné de biblioteca sin foto. Se trataba de mi antigua novia. Por lo visto, el autobús urbano que hace la ruta por el casco antiguo se la había llevado por delante al cruzar la calle. El afligido conductor dijo que no la vio venir. Yo sabía que ella estaba ciega de un amor no correspondido. Un amor que no era el mío y que el otro a quien ella amaba no supo ver. Por eso se volvió invisible, tal y como me quedé yo cuando la perdí a ella. Por eso tampoco la vio el conductor del autobús, aunque podría haber sido un taxista, o incluso usted mismo al volante de su coche (si no está desenamorado o es invisible, que para el caso es lo mismo).

Supongo que ahora andará por ahí un hombre que ni siente ni padece lo que es el amor y ni mucho menos sabe que la persona que le amaba ha desaparecido para siempre. Todo lo opuesto a lo que siento yo ahora mismo por mi antigua novia atropellada. Qué triste es todo.

 

 

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