LA VOZ DE MI CONCIENCIA

Mi psiquiatra me ha dicho que ya estoy bien. Que el tratamiento ha surtido efecto y en breve me retirará por completo la medicación. Que por ahora la siga tomando unas semanas más para no cortar de golpe, pero en dosis menores y con más espacio de tiempo entre una toma y otra. No ha especificado el espacio temporal entre ingesta e ingesta de los tres comprimidos diarios. Pero me fío de su palabra, que para eso tiene el título de psiquiatra. Aunque de lo que no me fío es de la medicación. Por un lado, si prescindo de alguna de las tres pastillas, sé que recaeré en la maldita depresión que me persigue cada cierto tiempo y termina por encontrarme por mucho que me esconda. Corre más deprisa que yo y además conoce de sobra todos mis escondrijos mentales. Por otro lado, si prescindo de la recomendación médica del psiquiatra, nunca sabré si la dichosa depresión es menos depresión y yo más dichosa por no tenerla todo el día pegada en el cogote (y más adentro).

He tratado de escuchar a mi conciencia, pero no termino de entenderla. Por la mañana me dice que haga caso a las directrices de mi psiquiatra, que para eso es mi psiquiatra (insisto) y por la tarde dice que me escuche más a mí misma que para eso soy dueña de mis actos y una mujer echa y derecha. Pero lo que estoy echa es un lío. Oigo voces en mi cabeza constantemente. En el cuarto de baño cuando estoy sola. En el ascensor al subir y bajar. En la cocina mientras hago la cena. Y sobre todo cuando me sirvo una copita de whisky diciéndome que después de la segunda copa, una tercera y una cuarta estaría muy bien. Qué digo muy bien, estaría genial!!!

Cada mañana al desvelarme, a eso de las cinco de la mañana, me encuentro pletórica de energía. Es cuando aprovecho para arreglar la casa. Meto dos lavadoras, un lavaplatos, tiendo la ropa, plancho la ropa, doblo la ropa y guardo la ropa, limpio el baño y hago mi habitación y la de los invitados que nunca invito, pero por si acaso. Paso la aspiradora, friego el suelo, abrillanto la vajilla de plata y coloco los libros por orden alfabético según la letra del primer apellido del autor (aunque aún no tengo claro dónde poner las novelas de J.K. Rowling y dónde las de Robert Galbraith). Tengo la casa reluciente como la patena. Sólo la disfruto yo, ya que mis amigos hace tiempo que renunciaron venir a verme. Y la familia sabe de mí por lo poco que les cuento cuando llaman por teléfono, que suele ser de Pascuas a Ramos (mejor dicho, de Pascua en Pascua).

Pero nada de todo esto me afecta. Lo realmente importante es que ahora estoy bien. Muy bien. Eso es lo que piensa mi psiquiatra sobre mi depresión. Y si él lo piensa, yo también lo pienso.

Lamentablemente, estar sana no quiere decir estar siempre de acuerdo con lo que se piensa. Aunque estar de acuerdo con lo que se hace, ayudaría bastante.

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