FOLLA MÁS Y JODE MENOS

Lo voy a decir claramente. Lo que más le gusta a la gente es dar por culo. Cuando digo “dar por culo” no me refiero literalmente a embollar como se dice en Costa Rica o hacer patacones como se dice en Colombia o entregar el rosquete como dicen en Argentina (allá cada cual con sus gustos y preferencias sexuales aquí en España o donde quiera ejercitarlas). Tampoco cuando utilizo la palabra “gente” estoy incluyéndole a usted querido lector/a, faltaría más, o a un miembro específico de su familia, pariente lejano o cercano, o de su entorno más íntimo, aunque la suma de todos ellos, incluyéndome a mí, seamos parte de una masa irregular denominada “gente”.

Lo que realmente quiero decir es que para algunas personas, inmiscuirse en asuntos ajenos sin tener relación con el asunto o con las personas que sí lo tienen, es algo que llevan a la práctica de modo natural y con demasiada frecuencia. Como si fuera un deporte, vamos. El modo natural tampoco quiere decir que sea el apropiado, simplemente se sienten en el derecho legítimo de hacerlo y lo hacen por sus santos cojones (por decirlo finamente).

De qué estará hablando este tío en el artículo de hoy, se estarán preguntando ustedes a estas alturas. Allá voy: esta mañana, mientras tomaba mi café de siempre en el bar de siempre y conversaba amigablemente con el camarero de toda la vida sobre un asunto que ahora mismo no viene a colación, de repente, un cliente que llevaba acodado en la barra desde incluso antes de acodarme yo, interrumpió nuestra conversación para soltar un exabrupto en forma de opinión sin venir a cuento y sin haber recibido permiso de nadie para dar luz con la vela de entierro que él creyó sostener entre sus manos. El camarero de toda la vida me miró con la misma cara que le miré yo a él y ambos debimos leernos la mente tras observar los malos modos empleados por el susodicho para darse por invitado en la conversación ajena. La cosa no quedó ahí, porque tras volver a nuestros asuntos pasando por alto la interrupción, el hombre continuó con su erre que erre. Que si “yo creo” por aquí, “yo pienso” por allá, que si “te lo digo yo que de esto sé un huevo”, que si “nadie en el mundo sabe más que yo”…

Total que al final tuvimos que rogarle que se callara, aunque eso fue segundos antes de sacarle a empujones del bar y dejarle de patitas en la calle. Iba a escribir “en la puta calle”, pero lo he tachado para no ser acusado de mal hablado y menos aún de mal educado como fue el comportamiento del hombre a quien dejamos en la puta calle.

Al final, el camarero de toda la vida y el que les habla, regresamos a nuestra charla concluyendo que mezuquear en conversaciones ajenas debería estar penado por ley. Y se lo digo yo a ustedes, que de esto sé un huevo.

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