HOMBRES, MUJERES Y VICEVERSA

Mantuve una relación sentimental con un hombre que, cada cierto tiempo, además de decirme que me quería, también confesaba lo mucho que yo significaba para él. Por mi parte, también confesaba mis sentimientos amorosos, pero lo que significaba para mí distaba mucho de lo que yo significaba para él. Pasados unos meses de relación, ya no recordaba los motivos que me llevaron a enamorarme, y él también olvidó la razón por la cual se fijó de mí. Aunque lo que significábamos el uno para el otro, no pudimos quitárnoslo de la cabeza, ni él de la suya, ni yo de la mía.

Él insistía en lo mucho que yo había influido en su manera de ser. Una influencia que yo no terminaba de ver por ningún lado. Reiteraba que junto a mí había descubierto un mundo nuevo. Que si era más sensible, que si más perceptivo, que si el universo que ocupábamos juntos era el que siempre habría soñado, que si esto, que si aquello, que si lo otro y lo de más allá. Pero yo no veía ni por asomo nada de lo que concienzudamente afirmaba existía en su interior, ni tampoco apreciaba un ápice en el exterior de modo manifiesto. Después de varios meses en los que la relación volaba sin gasolina, ni motor y en continua amenaza de caída libre, terminó por estrellarse. Tras la colisión, ninguna emoción sobrevivió al impacto y cada uno se fue por donde había venido que, curiosamente, fue en direcciones opuestas. Nos separamos como se separan los mellizos en la edad adulta, es decir, de un modo doloroso pero necesario e inevitable para ambos.

Hace meses que no sé de él, como él tampoco sabrá nada de mí (ni falta que hace). Supongo que habrá regresado a su originario modo de ser tras darse cuenta de que yo para él no tenía ningún significado. Lo que realmente daba significado a su vida era estar consigo mismo más que con ninguna otra persona y menos con una mujer como yo, por mucha afinidad que creyera existir entre ambos.

Cuando me da por recordar todas y cada una de las palabras que usaba para definir nuestra relación, acudo al diccionario de la Real Academia Española de la Lengua para cerciorarme de que lo que me decía coincide con lo que dice el diccionario. Pero nada más lejos de la realidad. No es de extrañar que cada cierto tiempo los académicos decidan dar un repaso a los vocablos del castellano y publiquen una actualización de términos, ya que nada es igual de un día para otro, y menos para algunos tipos de personas.

Los seres humanos empleamos las mismas palabras, pero con distinto significado. Y la palabra amor es una de ellas. Quizá por eso seamos tan diferentes los unos de los otros, por no decir que somos raros, que sería el término adecuado para definirnos. En fin.

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