HIJO DE PERRA

 

Tener perro, es una putada. Quien te diga que tener un perro es lo más maravilloso del mundo, es porque no tiene perro o nunca lo ha tenido. Quien tenga perro sabe de lo qué estoy hablando. Y quien no lo tenga, que pregunte a quien tiene perro antes de acudir a la tienda de animales del barrio o a la perrera de su ciudad. Y que tampoco piense que por adoptar a un perro está haciendo un favor a la madre naturaleza o a la raza canina, que no se equivoque.

Los que dicen que el perro es un miembro más de la familia es porque no son ellos quienes se levantan media hora antes cada mañana de cada puto día del año para tener que sacar al perro a que haga “sus cositas”. Tampoco son ellos quienes le vuelven a sacar al regresar a casa tras una jornada maratoniana de trabajo para que haga de nuevo “sus cositas” cuando lo que menos apetece es recoger mierda después de haber pasado ocho horas recogiendo la de otros en la oficina con tu nombre y apellidos en un Post-it.

Si se quiere a un perro, no se le tiene viviendo en un piso de 35 metros cuadrados de un bloque de viviendas en un barrio de nueva construcción donde el pedazo de tierra más cercano está a tres kilómetros de distancia. Tampoco se le quiere si sus dueños pasan fuera de casa quince horas al día, incluyendo sábados y domingos que aprovechan para “oxigenarse” con una “escapadita” a un hotelito con vistas al mar donde, por cierto, los perros no son admitidos.

Conocí a un chica hace cuatro años que venía con perro incorporado. Lo recogió con sólo dos meses de un refugio para perros abandonados (como también yo fui recogido por ella, supongo). Además de ser un perro de raza desconocida, tampoco reconoce la voz humana porque está sordo. Quizá por eso fue abandonado. O quizá por la misma razón lo rescató mi novia del corredor de la muerte que son las perreras municipales.

A Toby (así se llama el animalito), le da igual que le llames por su nombre o por el nombre del presidente de Rusia, no te hace ni caso (como tampoco lo hace el presidente de Rusia). A lo que sí responde es al olor de un filete recién hecho o al aroma a barbacoa de la pizza familiar que no duda en zamparse (con caja incluida) cuando el repartidor de Telepizza huye despavorido tras haberla dejado caer en el felpudo por miedo a recibir una dentellada.

Al principio de nuestra relación (con la chica, quiero decir), el perro era la excusa perfecta para salir juntos al amanecer, y continuar lo que habíamos empezado entre las sábanas, pero escondidos entre los arbustos del parque, mientras Toby hacía lo que suelen hacer los perros cuando se ponen en cuclillas. Con el paso del tiempo, el perro terminó por quererme más a mí que a su dueña, y su dueña nos dejó de querer a los dos al mismo tiempo.

Hace tres meses que decidió romper conmigo (la chica, insisto) y por extensión con Toby. Argumentó que si ya no estaba enamorada de mí, que si la magia había desaparecido, que si esto, que si lo otro… bla, bla, bla… En realidad rompió conmigo para no seguir cuidando de Toby. Aunque algo tuvo que ver que conociera a otro hombre más alto, más guapo, más fuerte, más moreno, más listo y con más pelo en la cabeza que yo (resumiendo: con más dinero que yo). No es que me importe mucho que me haya abandonado. Lo que realmente me duele es que ahora que Toby está en edad adulta, no sé cómo decirle que es adoptado. Por no mencionar la dificultad añadida que supone que sea sordo. Qué vida más perra.

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