VIDA DESPUÉS DE LA VIDA

Siempre hemos empleado más tiempo a reflexionar sobre lo que nos espera más allá de la muerte que dedicarlo a disfrutar de la vida que tenemos antes de que se nos vaya. Que el tiempo pasa volando es algo más que un simple refrán. De hecho, conozco a muchos y muchas que se toman el dicho al pie de la letra y pasan el tiempo de media vida volando entre Barajas y Gatwick o entre El Prat y Charles de Gaulle, y la otra media entre flight connections, business class, first class y otras tantas expresiones anglosajonas que sólo ellos entienden en toda su dimensión, extensión y profundidad (que no es mucha, por cierto).

También los hay (muy pocos, de hecho sólo conozco a dos personas, Rubén y Lucía) que también se toman a pies juntillas el refrán y ponen alas a sus vidas volando de cultura en cultura que es lo mismo que decir de civilización en civilización ampliando los horizontes de su propio mundo dentro del mundo donde también estamos usted y yo.

Nadie tiene la capacidad de decirnos lo que hay en el más allá (si es que hay algo). Por eso a mí me da por pensar dos cosas. Por un lado que lo que hay es tan dulce que ninguno de los muertos desea compartirlo con los vivos y quedarse para sí con todo el pastel. Y por otro lado, que los del más allá son tan considerados con los del más acá que deciden mantener la boca cerrada y dejar todo como está para que seamos nosotros los que nos demos cuenta que lo de acá es incomparable con lo del allá.

Puede que también exista otra tercera opción, que es la que más me convence, y es que el más allá y el más acá están en el mismo sitio, lugar y tiempo. Es decir, que el mundo que nosotros pisamos, habitamos, sentimos y vemos es el mismo que pisan y habitan ellos aunque ya no les veamos, pero sentir, estoy seguro de que sí les sentimos. No es necesario abrir los ojos, ni tampoco irse muy lejos y casi nunca hay que esperar a que lleguen los del más allá a nuestra vida, porque en realidad no se han ido. Están con nosotros. Siguen aquí porque son de aquí, basta con creer.

Curiosamente, ninguna de las religiones en las que creen millones de personas confirma mi teoría. Todas sin excepción afirman que existe un más allá. Algunas lo llaman cielo, otras paraíso, pero mi convencimiento ateo me lleva a creer que el cielo es lo que está sobre nuestra cabeza y bajo nuestros pies, y que el paraíso posee múltiples formas, desde un plato de fabes con almejas (o de espinacas, en el caso de lo veganos) hasta una noche de lujuria y desenfreno con la persona que más excitación sexual puede producirte (en este caso veganos y no veganos no hacemos distinciones).

Puede que la plena seguridad de la existencia convergente del más allá y del más acá en el tiempo y espacio que ocupamos cada minuto del día sea lo que me conduce a no creer en religión alguna. Aunque me surgen dudas cuando veo un desfile de Victoria’s Secret, ya que me cuesta creer que haya seres humanos a quienes la lencería les sienta tan bien y no sean diosas o ángeles.

 

 

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