¡VIVE LA VIDA, JODER!

Subo las escaleras analógicas que conducen desde la segunda planta a la planta superior del edificio que alberga la clase de estadística de la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense donde soy catedrático. Tres metros delante de mí, una joven que sube escalón a escalón la empinada escalera, mira ensimismada la pantalla de su teléfono móvil. De repente da un traspié y cae de bruces estampando su cara contra el suelo de negro mármol pulido. Por un momento pienso que, dada su juventud, se levantará con la agilidad propia de su edad. Pero transcurren los segundos y aún permanece inerte bocabajo. Está aferrada a su móvil del que no aparta la mirada. Decido aproximarme por si requiere socorro. Al verme, la joven muestra un asombro que roza el miedo. En ese momento es consciente de la realidad que le rodea y se pregunta a sí misma en voz alta “¿Qué hago yo aquí, si estoy en el bar charlando con mi mejor amiga?”. El mundo digital tiene el poder de trasladarnos a una realidad paralela en la que consideramos vivir mejor que en la vida analógica que es el mundo que en verdad habitamos. “¿Estás bien?. ¿Te has hecho daño?”, consulto preocupado por si el trompazo que se ha dado puede haberle afectado seriamente al cerebro. “¿Cómo he llegado aquí?”, pregunta sin apartar el ojo derecho de la pantalla del móvil mientras con el izquierdo chequea mi aspecto de la cabeza a los pies. “Estás en la facultad de periodismo de la Complutense”, respondo a modo de aclaración. “Si yo estudio derecho en la Autónoma”, responde ella aún más aturdida por lo que ve a su alrededor que por el impacto recibido contra el suelo. “¿Quieres que llame a tus padres, o a otra persona para que venga a buscarte?” vuelvo a consultar. “No se preocupe”, responde ella tratándome de usted no sé si por respeto o por las canas que pueblan mi cuero cabelludo. “Deberías mirarte el golpe en la cabeza, ha sido realmente fuerte”, insisto yo. “Estoy bien, gracias”, insiste ella. Se incorpora al tiempo que tactilea nuevamente sobre la pantalla de su móvil reincorporándose a la mundo digital que había abandonado debido a la caída. Sin mirar atrás, ni alrededor, ni tan siquiera a mí mismo, la joven regresa a su universo propio ascendiendo las escaleras peldaño a peldaño.

El chichón en la frente no se lo va quitar nadie. Eso es un hecho tan fehaciente como que en realidad yo no soy catedrático de estadística. Tampoco la chica joven es alumna de la facultad de derecho de la Autónoma tal y como ha confesado. A decir verdad, ella no existe. Y siendo sincero, yo tampoco existo. Ambos somos sólo un producto digital que ha nacido en tu pantalla de ordenador en el momento en el que has hecho “click” con la yema del dedo índice para saber de qué iba el artículo de hoy.

Así es la realidad, querido lector. A veces es buena, pero casi siempre es mucho peor que la ficción, que es donde está lo bueno. No me extraña que millones de jóvenes pasen más tiempo mirando su móvil que mirando lo que tienen delante de sus narices. Nada de lo que ven en nosotros les parece tan interesante como lo que encuentran en una pantalla táctil. Y usted parece ser que tampoco, porque si fuera así, habría dejado de leer este artículo y se habría dado cuenta de que hoy llueve.

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