EL BINGO DEL AMOR

En el bingo del amor hay quien canta línea y quien no canta nada a pesar de jugar cartones y cartones. La suerte sonríe a quien más juega, al menos eso dicen las estadísticas. Pero las estadísticas se equivocan. Si yo tengo dos pollos y usted no tiene ninguno, la estadística dice que usted posee un pollo y yo tengo el otro. Y como usted sabe y sobretodo sé yo, eso no es cierto, porque los dos pollos son míos.

Las estadísticas, al igual que los censos electorales, afirman como verdad lo que está escrito en papel aún sabiendo a ciencia cierta que no es del todo cierto. Los señores que hacen la investigación estadística argumentan que la viabilidad de datos de un segmento referencial de población son extrapolables al universo del conjunto de población. Pero teniendo en cuenta que el universo es infinito, los resultados jamás afinarán lo suficiente como para ser representativos de la individualidad del individuo (valga a redundancia).

En el caso del bingo del amor, lo que está escrito está en el cartón. No hay que olvidar que los cartones de bingo se imprimen en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, que es lo mismo que decir que son billetes de curso legal. Lo malo es que no son aceptados como medio de pago en la carnicería donde compro los filetes de ternera, ni en el estanco de tabaco donde adquiero mi dosis diaria de Marlboros.

A los cartones de bingo, al igual que a los euros para pagar en carnicerías y estancos se les protege de tal manera que cualquier intento de manipulación provoca un deterioro irreversible. En este aspecto hay evidentes coincidencias con lo ocurrido al amor que siento por mi pareja y ella siente por mí. El intento de manipulación de sentimientos ha hecho que nuestra relación se haya deteriorado reversiblemente, es decir, que ni del derecho ni del revés tiene remedio.

Debido a la mala suerte por la que estamos pasando, dudo mucho que lleguemos a cantar línea y mucho menos bingo. Y al paso que vamos, me temo que lo mejor para ambos será cambiar de cartón. La estadística dictada por mi corazón me dice que ella cogerá un cartón de color rojo y yo me inclinaré por otro de tono azul. Cuando nos digamos adiós para siempre, la ultima palabra que salga de mi boca para dirigirme a ella será: suerte.

 

 

 

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