ELLA ES UN CHICO NORMAL

Ella tiene un nombre normal. Vive en una ciudad normal con calles normales, comercios normales y edificios normales. Sus vecinos normales nunca saludan cuando coinciden normalmente en el ascensor, ella de subida y ellos de bajada. Ella tiene por norma comenzar la jornada laboral a las ocho en punto de la mañana. Normalmente toma el autobús urbano hasta la parada de metro más cercana donde hace un trasbordo. Tras bajar del autobús, bajar al metro y bajar la mirada para no ver ni ser vista, llega con total normalidad a su puesto de trabajo. El edificio donde trabaja ella es un edificio normal de oficinas normales y corrientes como las que abundan en cualquier gran capital. Toma asiento en el sillón de su despacho. Comienza a leer los correos electrónicos entrantes en su buzón. Entre el tiempo empleado en abrir emails, responder emails, ordenar emails y tirar emails a la papelera, lo normal es que llegue la hora de comer. Lleva más de siete años en el mismo puesto de trabajo, sentada en la misma silla, en el mismo cubículo y ante la misma pantalla de ordenador. Después de tanto tiempo, lo normal hubiera sido ascender de escala profesional, de expectativas laborales y sobretodo de sueldo. Pero no es algo que normalmente suceda en su trabajo y a decir verdad en ningún otro tipo de trabajo normal donde trabajan personas como ella. Después de tomar un sándwich de máquina o recalentar la sopa de tupperware en el microondas, lo normal es tomar un café solo, y sola. Sería normal que hablase con el resto de compañeros de oficina o que el resto de compañeros de oficina hablase con ella. Pero ningún compañero de oficina (ni compañera) considera como normal hablar con alguien como ella. Por eso, normalmente no se dirigen a ella con total normalidad y cuando lo hacen, normalmente no lo hacen en términos normales. A ver si es contagioso, dicen algunos. Es que no es normal, dicen algunas.

A las seis y media de la tarde, ella apaga el ordenador. Recoge sus efectos personales esparcidos por la mesa de la oficina y sale del edificio como hace normalmente cada día de lunes a viernes. Después de un fin de semana, que suele pasar leyendo novelas de ciencia ficción, viendo películas en blanco y negro con subtítulos en el idioma original y cocinando tupperwares para el resto de la semana, vuelve con normalidad a la rutina diaria. Ella tiene por norma comenzar la jornada laboral a las ocho en punto de la mañana. Normalmente toma el autobús urbano hasta la parada de metro más cercana donde hace un trasbordo. Tras bajar del autobús y bajar al metro, también baja la mirada para no ser vista. Lo normal sería no tener que bajar la vista. Pero antes debería existir una sociedad normal con personas que aceptasen la innormalidad* como algo normal. Sería lo normal, ¿no?

*No busquen la palabra innormal en el diccionario porque no existe, me la acabo de inventar, es algo que hago normalmente.

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