UN DOMINGO CUALQUIERA

Como cada domingo, bajo a la calle a primera hora de la mañana a comprar el pan. Con la llegada de los grandes centros comerciales al extrarradio de mi pequeña capital de provincias, las tiendas de barrio están en las últimas. Ya no hay donde comprar pan (ni pan, ni leche, ni nada de nada).

La mujer cuarentona soltera del quiosco de mi barrio que también está en las últimas (el quiosco quiero decir, no ella) ofrece pan cada domingo sabiendo que el ingreso por la venta de cada barra tiene su miga. Extiendo la mano con el importe pecuniario exacto de una hogaza y la prensa dominical, y veo que tiene los ojos inyectados en sangre, unas ojeras que le llegan hasta los pies y el rímel corrido de este a oeste. “Vaya nochecita de sábado que hemos pasado, eh?”, digo a modo de saludo jocoso tratando de ser amable (o estúpido, según se mire). “Ayer por la tarde llevé a mi gato al veterinario de urgencias para que lo sacrificara por culpa de una infección intestinal que le impedía comer como es debido y vivir como Dios manda. Llevo toda la noche sin pegar ojo y sin para de llorar. Después de doce años haciéndome compañía, siento un vacío en el alma que no sé explicar ni sé cuánto va durar”, me espeta a la cara al tiempo que huyo del lugar como el nieto que acaba de sorprender a su abuelo septuagenario masturbándose con el póster del Interviú.

Doblo la esquina y un indigente desde suelo en el que se encuentra recostado, alarga su mano temblorosa cubierta por un guante raído de lana del que asoman cuatro dedos mugrientos (sólo cuatro) cubiertos por una miseria tan oscura y profunda como la mirada que me lanza. Le doy los dos euros que me quedan y giro la cabeza para encontrarme de bruces con una mujer embarazada que habla por el teléfono móvil en una mano y tira a trompicones de una niña de dos años de la otra y que no para de berrear (la niña y también la madre): “¡Ya voy! ¡Ya voy! Maldito cabronazo… para hacer hijos bien sabes meterla, pero para meter una lavadora no tienes ni puta idea” se la oye maldecir por el iPhone mientras camina torpemente a causa del tamaño de su barriga de siete meses, quizá ocho.

Dejo atrás a la mujer en avanzado estado de gestación y desde la acera de enfrente, un joven con rastas, chaleco azul con logotipo de ONG a la espalda y un cigarrillo liado en la comisura de los labios que desprende un sospechoso aroma, me suelta a la cara que “si soy consciente de lo que sufren los refugiados en las costas de Grecia jugándose la vida para llegar a Europa”. Le digo que Grecia es la cuna de Europa. Y me responde que si voy de listillo. Y le respondo que sí, que sí sé lo que sufren los refugiados en las costas de Grecia porque mi cuñado es exiliado de la antigua Yugoslavia. Por su gesto, descubro que no sabe lo que era la antigua Yugoslavia. Da una calada a su cigarro liado y me pide intimidatoriamente entre tosidos que firme un papel donde autorizo a donar 20 euros anuales a los refugiados que se juegan la vida para llegar a Europa. Y le digo que ya dono 20 euros a PACMA, otros 40 a Greenpeace, otros 40 más a Intermon Oxfam y otros 100 a Médicos del Mundo. Y me dice que otros 20 euros a su causa sería lo más justo, aunque aún sigo sin saber si su causa son los refugiados o la despenalización del consumo de marihuana. Tras diez minutos de tira y afloja en los que él ha consumido su sospechoso cigarrillo y yo he consumido mi paciencia, consigo zafarme de su insistencia y enfilo el camino de vuelta a casa.

Al llegar al portal (por fuera) hurgo en el bolsillo derecho del pantalón (por dentro) y luego en el izquierdo (también por dentro). Y ante la falta de éxito, palpo mi tórax tal y como he visto cachear a la policía en los capítulos de Los Soprano. Tampoco hay éxito. Ni éxito, ni llaves, ni móvil, ni cartera, ni nada de nada.

Es entonces cuando me da por pensar que si todo está predestinado a salir mal, sale mal, tanto en mi barrio un domingo cualquiera, como en el resto del mundo todos los días.

Quién me mandaría a mí salir de casa el día del Señor.

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