FELIZ DÍA DE SAN VALENTÍN

“Ya no sé quién eres”. Cinco palabras para dejar de lado el sentimiento amoroso inicial que derivó en afecto y terminó en la nada. “Yo tampoco sé quién eres”. Otras cinco palabras para hacer evidente que el amor recibido y dimanado en afecto similar, quedaba también en el más absoluto vacío.

Ella se fue por donde había venido. Él tomó el camino de vuelta que le había conducido a su lado. Ambos regresaron a sus respectivas vidas: él a la él, y ella a la de ella. A partir de entonces, estarían sin saber nada el uno del otro, del mismo modo que durante los meses que estuvieron juntos lo supieron todo de cada uno de ellos, a cada minuto del día y muy especialmente de la noche. Durante aquel tiempo, se descubrieron a sí mismos como dos personas diferentes. Ella abrazó con amor incondicional una pasión al sexo intenso e insondable. Y él, a satisfacer vehementemente los placeres carnales demandados por ella y gustoso de ofrecer en todo momento y lugar conocido o inesperado.

Ella degustó con deleite nuevos sabores que hasta entonces no sabía que existían. Él probó diferentes modos de conocer la espiritualidad que habita en el interior de cada ser humano y que permanecía oculta en el suyo hasta ese momento.

Ella destapó, como nunca lo había hecho antes, toda la inmensa belleza que la cubría de la cabeza a los pies y comenzó a exponerla sin tapujos ni vergüenza a los ojos de los demás. Él vislumbró sus capacidades intelectuales que al instante empezaron a definir su lenguaje y comportamiento en público de un modo exquisito y envidiable.

Desde el día en el que se conocieron, fueron otras personas completamente diferentes a las que habían sido antes de encontrarse. Puede que se enamoraran de ese otro ser que nace en el interior de cada cual cuando se conoce a quien se ama por lo que realmente se es. También puede que se amaran a sí mismos más por lo que eran cuando se hallaban unidos que por lo que veían de hermoso en el otro. O quizá el éxito de su amor estuviera basado en lo desconocido del ajeno que es igual que decir en lo desconocido de uno mismo.

Pero como nada es para siempre, tras la tempestad vuelve la calma del mismo modo que regresan las aguas a su cauce o las oscuras golondrinas de tu balcón sus nidos a colgar. Y de este modo tan insustancial, el horizonte del amor quedó desdibujado ante sus ojos. El universo que compartieron y en el que eran tan diferentes que hasta ni ellos se reconocían, terminó en un agujero negro. Tan oscuro como el miedo que les hizo despreciar la felicidad que el destino depositó en sus manos sin pedir nada a cambio. Se negaron a sí mismos negándose el uno al otro.

“Ninguno puede evitar ser quien es”, dijo ella antes de despedirse. “Nadie cambia de un día para otro”, respondió él reforzando el argumento de ella a modo de consuelo.

Volvieron a su vida anterior donde no había miedo, pero tampoco había sentido para vivirla. Y todo rastro de amor fue un espejismo.

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