CRECER ES DEJAR COSAS ATRÁS

Vengo del Erosky que hay en mi vieja capital de provincias con un oso de peluche bajo el brazo. No lo he comprado para mí, ni tampoco para ninguna de mis dos sobrinas pequeñas que ya no están en edad de dormir con peluches y, por suerte, tampoco en edad de dormir con nadie.

El oso de peluche lo he encontrado tirado en uno de los pasillos de acceso al parking del centro comercial cuando he ido a coger el coche. Supongo que será de algún niño o niña que en un descuido propio (o impropio de sus padres) lo ha dejado caer sin ser consciente de ello. A pesar de no ser de mi propiedad, he recogido el peluche del suelo y me lo he llevado a casa, su nueva casa. Técnicamente no ha sido un robo. Lo que está en el suelo tiene consideración de basura y la basura no pertenece a nadie. Es algo que no lo digo yo, lo dice la ley. Lo sé porque lo he visto en un capítulo de la serie televisiva CSI Miami cuando la policía científica rebusca entre los desechos del domicilio de un sospechoso para hallar pruebas incriminatorias (siempre encuentran alguna, por cierto).

El oso de peluche mide unos treinta centímetros de alto. El tejido que cubre su cuerpo es suave y delicado al tacto, y al apretarlo con los dedos resulta esponjoso a más no poder. Es igualito-igualito-igualito al oso de peluche que regalé a mi hijo por su cuarto cumpleaños hace dos meses, que fue la última vez que tuve oportunidad de verle obedeciendo la orden judicial impuesta por el juez cumpliendo el mandato de la custodia compartida. Desde que estoy separado de él, noto que he envejecido diez años. No llevo nada bien estar sin su presencia, sin su risa, sin su voz ni su mirada… lo reconozco. Aún así, mi psiquiatra insiste en aconsejarme que hay que seguir avanzando, que la vida es como es y que estas cosas nos ayudan a crecer como personas. Yo le digo que sí a todo para no llevarle la contraria y también para que no me cobre otra sesión argumentando que no termina de verme recuperado de la angustia que me asfixia por haber dejado atrás a mi pequeño Andresito por culpa de un matrimonio fracasado.

Tal y como dice el psiquiatra, supongo que crecer es dejar cosas atrás, como el oso de peluche que ha dejado atrás el niño en el parking del Erosky. Esta noche cuando ese niño vaya a dormir y no encuentre su oso de peluche, será la primera noche que duerma sin él. Al principio quedará paralizado por su ausencia. Segundos más tarde negará el hecho de haberlo perdido, lo que le conducirá al enojo e inmediatamente después al llanto. Tras llorar veinte minutos se sentirá deprimido al tiempo que notará una profunda tristeza anteriormente no experimentada. Luego aceptará que el oso de peluche ya no volverá jamás a sus brazos. Asumirá que él no tiene la culpa de los descuidos propios de su edad y finalmente conciliará el sueño como si nada hubiera pasado. Y a la mañana siguiente, al salir el sol, despertará siendo un poco más mayor, y lamentablemente, siendo menos niño. Pero eso él no lo sabrá. En cambio, yo sí, que soy su padre.

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