SEXIT

Me gustaría saber con exactitud la pregunta que hicieron a los ciudadanos y ciudadanas del Reino Unido el día del referéndum que decidía su permanencia o su salida de la unión Europea. Todos ustedes, como lectores inteligentes que considero, saben que el resultado de una encuesta depende más del modo en el que se formule la pregunta que de su resultado.

Por ejemplo, no es lo mismo preguntar “¿Cree usted que el Gobierno es responsable del incremento de afiliaciones a la Seguridad Social debido a su gestión en la salida de la crisis económica?” frente a la pregunta “¿Creería usted al Gobierno si fuera responsable del incremento de afiliaciones a la Seguridad Social viendo su gestión en la crisis económica?”.

Dicen que Dios está en los detalles, y nadie lo sabe mejor que los redactores de cuestionarios de empresas de investigación de mercados que trabajan para quien mejor les paga (sea una entidad pública de derecho público o una entidad privada de derecho muy privado). El detalle de un signo de puntuación, el uso de una conjugación verbal determinada o la anteposición del complemento directo al verbo, puede determinar fehacientemente la respuesta de una pregunta.

Los que también creen en Dios a la hora de interpelar al ciudadano de a pie son los abogados, juristas y notarios. Por eso, los detalles en los contratos los ponen en letra pequeña e ininteligible. Están, pero no están (como Dios nuestro Señor, que también está pero no está). Si hubiera un cuestionario sobre la existencia de Dios, también me gustaría saber de qué modo estaría redactada la pregunta que determinaría su existencia, o por el contrario, su inexistencia. La respuesta estaría en el enunciado de la propia pregunta. Este “modus operandi” no es nada nuevo, ya lo puso de manifiesto Judas hace más de 2.000 años en la última cena al preguntar al propio Cristo si sería él quien le traicionaría: “¿Seré yo, Maestro”?. Como todos saben (incluso también sabemos los ateos), la respuesta estaba implícita en la propia pregunta.

Volviendo al siglo XXI (concretamente al mes pasado), la última vez que tuve sexo con mi novia, al finalizar el acto sexual, se me ocurrió preguntar si había disfrutado conmigo en la cama. Menudo gilipollas que fui. Si en lugar de hacer preguntas absurdas, hubiera tenido la boca cerrada, o mejor, la hubiera tenido puesta en otro sitio, ahora continuaría teniendo uniones sexuales con mi novia en lugar de estar más desunido a ella que un inglés lo está a Europa. Un hijo de la gran Bretaña lo llamaría “Sexit”, mi novia en cambio, respondió alto y claro en castellano: “Que te jodan”. Y se fue para no volver jamás.

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