LA DICTADURA DEL OPTIMISMO

“Me gusta leer tus artículos porque me ponen de buen humor”. “¿De dónde sacas tanto buen rollo?”. “Da gusto meterse en tu blog cada mañana de domingo, me alegras el día”. “Nadie me hace reír como tú. ¿Tienes novia? ¿Y novio? ¿Y plan para este sábado?”

Estos son sólo algunos comentarios enviados a mi email personal por parte de personas que, en un arrebato de generosidad, han tenido la amabilidad de mostrar la emoción positiva que provoca la lectura de mis artículos (lo que mi ego agradece enormemente). También hay personas (muchas menos, pero haberlas haylas) que escriben para quejarse, maldecir, regañarme e incluso lanzar improperios sobre la emoción negativa que les ha provocado la misma lectura que generó a los anteriores un sentimiento contrario. En fin, como decía Manolete (el torero): “Hay gente pa’tó”.

Como me enseñaron a ser agradecido, a los que escriben palabras amables y cariñosas, les contesto de inmediato. Y a pesar de mi educación católicoapostólicoromana que dice que hay que poner la otra mejilla, a los que me critican, ni me molesto en responder a sus correos llenos de mala hostia y de faltas de ortografía.

Heredé de mi difunta abuela su afición a los refranes. En situaciones comprometidas siempre decía “no hay mayor desprecio que no demostrar aprecio”. Y como también heredé de ella ser agradecido (insisto), cumplo a rajatabla su consejo por venerar su memoria y también porque tiene enorme dosis de verdad. Así que, si usted es de los que en algún arrebato de ira le dio por enviarme un email mostrando su descontento con algún aspecto relacionado con alguno de mis artículos, mis preguntas son:

Primera: ¿Por qué sigue leyendo lo que no le gusta leer?

Segunda: ¿Por qué pierde su supuesto valioso tiempo en quejarse?

Y tercera y última pregunta: ¿Por qué no se va a tomar por culo y deja de tocar los cojoñes* a quienes ejercemos la libertad de expresión tal y como reconoce la carta magna?

Muchos lectores se preguntarán, qué le pasa al amigo éste hoy que tiene un humor de perros, poco habitual en él. Y tienen razón. Les pido disculpas. Pero no se puede estar de buen humor todos los días. Ni mucho menos sacar el buen rollo de buenas a primeras. Ni tampoco tengo tantos amigos como ustedes creen. Al contrario. Tengo tan pocos amigos con los que hablar que me refugio en la escritura de estos artículos para tener algo que decir, aunque a algunos les ofenda lo que digo (que todo es ficción, por si no se habían dado cuenta, incluso este artículo).

Les cuento esto porque mantener el optimismo en nuestros días exige un esfuerzo sobrehumano. Y yo no escribo para hacer reír a nadie. Del mismo modo que tampoco espero que ustedes rían con cada uno de mis artículos. Soy exactamente como usted, tengo días buenos y días menos buenos.

Por eso, cuando me cruzo por la calle con alguien y me suelta eso de: “alegra esa cara, que el optimismo lo puede todo”, me acuerdo de Fernando Fernán Gómez (que en gloria esté) y realizando un homenaje a su figura, exclamo: “ A la mierda, váyase usted a la mierda”.

En cambio, a todos los demás, muchísimas gracias por ser tan amables, dulces, respetuosos y cariñosos con este pobre mortal. Si no fuera por ustedes…

*Por cierto, no busquen en el diccionario la palabra cojoñes porque es inventada.

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