IN AND OUT

En los dorados años 80, se definía con el término “in” a lo que en los 90 se llamó “guay”. Después, en la primera década del siglo XXI, a lo mismo se le llamó “trendy”. Y actualmente recibe el nombre de “cool”.

Digo esto porque el pasado sábado, a altas horas de la noche, en un bar de copas “cool” donde se junta gente “trendy” para hablar de cosas “guays”, un chico me dijo que yo era lo más “in” que había visto en su vida.

Al principio me lo tomé como un halago, y especialmente viniendo de un jovencito con la mitad de años que yo. Pero tras varios segundos de gloria efímera, su explicación ampliada del prefijo “in” distó mucho del significado ochentero que yo interpreté inicialmente.

Lo más “in” que él veía en la propuesta que yo le había realizado minutos antes al oído, era de “índole inmoral, indecente, indecorosa e inapropiada en alguien de mi edad e inadecuada para alguien de la suya” (palabras textuales salidas de su boca ininterrumpidamente una tras otra. Por eso las pongo entrecomilladas). A su larga lista de “in”, sólo le faltó añadir im-bécil. Pero como delante de la letra be se escribe la letra eme, me libré de otro insulto más gracias a la inteligente ortografía.

Y hablando de orto, a ese lugar argentino fue al que indicó que me fuera a modo de conclusión de su letanía de desagravios. Bueno, he de aclarar que el jovencito inculto no usó el término argentino “orto”. Concretamente usó otro sinónimo de igual significado y que podía describirse como el lugar donde la espalda pierde su nombre. Aunque fue muy gráfico en el modo de hacérmelo saber. Incluso levantó el dedo corazón de su mano derecha para reforzar visualmente la expresión gramatical. Y lo dijo mientras se alejaba de la barra del bar dejando a deber dos gin-tonics de Brockmans que tuve que abonar religiosamente del modo más “in” que existe, es decir, in situ.

Desde entonces no he vuelto a introducir el pie en ningún bar de copas “cool”, ni he vuelto a dirigir la palabra a jovencitos “trendy” que hablan de sus cosas “guays”. Ahora prefiero las cafeterías de gasolinera a medianoche, donde no hay gente “cool”, ni “trendy”, ni conversaciones “guays”. Sólo velludos camioneros con sobrepeso, repartidores de fruta con brazos musculados y conductores extraviados que con la excusa de llenar el depósito del coche salen de casa para olvidar durante unos minutos que el amor de su esposa no es el tipo de amor incondicional que encuentran en corazones incomprendidos como el mío.

Qué mundo más inverosímil.

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