JUAN NADIE

Me siento como Juan Nadie. Pero no porque sea un don Nadie, sino porque nadie, a día de hoy, quiere saber nada de nadie.

Partiendo de esta premisa, el mundo está lleno de Juanes y Juanas Nadie. Da igual que tu nombre sea Luis, Alberto, Sara o Jennifer. Incluso si te crees importante por llamarte Ernesto, nadie sabrá nada de ti. Salvo el día de tu fallecimiento, que todos se desharán en elogios diciendo lo importante que fuiste (sin especificar para quién, ni en qué faceta profesional o personal)
Según reza el artículo 16 de la Ley 7/1985, de 2 de abril, Reguladora de las Bases del Régimen Local, los vecinos de un municipio son los que constan en el Padrón Municipal del lugar de residencia habitual. Gracias a la inscripción en el Padrón Municipal, adquieren la consideración de vecinos. Sin embargo, los vecinos de mi comunidad van y vienen tan deprisa que no se pueden considerar vecinos porque no tienen a nadie en consideración.

El otro día por la mañana, me crucé con un inglés en el ascensor y ni me saludó. Sé que era inglés porque vestía una camiseta donde ponía “Keep Calm and be British”. A medio día, un italiano (lucía orgulloso una camiseta de la Juventus) hizo lo propio cuando coincidimos en el portal. Y por la noche, al bajar a tirar la basura, un tercer vecino que tiraba a su vez de su maleta por la acera pero en sentido contrario, me deseó buenas noches en alemán (o eso creo que me dijo y que fue en ese idioma, no sé). El caso es que no conozco nada de nadie de tres años para acá.
De niño, en el barrio donde jugaba con otros niños del vecindario, todos sabíamos todo de todos. Empezando por el nombre y la edad de cada uno, hasta el número de matrícula del coche de su padre, lo que ganaba, donde lo ganaba y también el lugar donde lo perdía. Cuarenta años después ni sé dónde están aquellos niños, y ni sé si quiero saberlo.
Por todas estas razones, he borrado la información personal del buzón de casa y he sustituido mi nombre y apellidos por la palabra «Aquí». A la única persona a quien debe importarle cómo me llamo es al señor cartero, y debido a que últimamente sólo recibo facturas y recibos bancarios, prefiero que nadie más que él me conozca por aquello que debo, o por lo que pago o dejo de pagar.
Me temo que soy Juan Nadie para todo el mundo menos para los acreedores, que me adoran. Aunque sé que su amor hacia mí es por interés. Seguramente en lugar de Juan me llamen Andrés (tal y como yo también le llamo a usted). Aunque mi interés sólo sea por lograr que comente mis artículos.

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