LA PRIMAVERA LA SANGRE ALTERA

Con la llegada de la primavera he decidido proclamar la llegada de la alergia con el mismo entusiasmo con el que otros proclaman el advenimiento de la tercera república.

Ha sido aflorar el abrojo y brotar lágrimas de las cuencas de mis ojos como si fuera la cuenca hidrográfica del Duero. Ante la presencia de la prímula, comienzo a expeler mucosidades sin fin y de inmediato mi dulce timbre de voz torna en el rauco tono de Darth Vader.

Con este panorama, resulta imposible alcanzar la cuota de ventas que me impongo laboralmente en mi quehacer diario. Trabajo ocho horas de lunes a viernes como comercial “door to door cold seller” (vendedor puerta a puerta) de una importante marca de alta lencería femenina (que no voy a nombrar aquí por decoro y también porque no me pagan ningún bonus por hacerlo). Mi oficio exige presentarme de cara ante las potenciales clientes compradoras femeninas tras solicitar cita previa, o en su defecto, haciendo sonar el timbre de sus puertas para luego hacer sonar el timbre de la caja registradora de mi empresa. Pero hacerlo con los ojos enrojecidos, expulsando fluidos de distinta densidad por la nariz al tiempo que describo con voz trasnochada las propiedades sensuales y delicadas de la lencería, no favorece las ventas (al contrario, las espanta).

Las reacciones que produzco en cada visita primaveral son la respuesta inmunitaria de la mente humana y que podía compararse al rechazo tras lamer un limón en pleno invierno. Basta con ver el rostro de mis clientas para cerciorarse de que ni soy el más indicado para el negocio de la lencería, ni tampoco es la primavera la estación del año más adecuada para respirar oxígeno impregnado de polen mientras sujeto entre las manos un sostén de encaje elaborado con engarces de pedrería.

Por eso, en un alarde de estrategia mercadotécnica, he decidido cambiar de producto de venta (que no de profesión). Puede que un comercial como yo, sensible a los efectos derivados del polen primaveral encuentre partido a las consecuencias físicas que produce la alergia. Los ojos inyectados en sangre, las secreciones que expelo por todos los orificios de mi rostro, sumada a la voz de ultratumba que emito cuando abro la boca, me están sirviendo de mucho como comercial de motosierras eléctricas.

De hecho, me estoy forrando (aunque creo que la verdadera razón se debe a las manchas de sangre que luzco en el traje tras estornudar).

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