AUTOAYUDA/AUTOHOSTIÓN

Llevo tiempo comiendo alpiste porque me han dicho que los pájaros no tienen colesterol.
Desde que me dio por cuidar la salud por dentro, he hallado en la automedicación la alternativa a la ciencia medico-farmacéutica. Y estoy más feliz que una perdiz (será por el alpiste, supongo). Además del alpiste para contrarrestar los niveles de colesterol, también ingiero cantidad ingente de agua de lluvia, que recojo yo misma en cuencos de madera, que elaboro tras tallar con mis propias manos un pedazo de rama desprendida de un árbol derribado por un rayo después de una tormenta estival, en la primera noche de luna llena.
Descubrir lo divino dentro de mi yo interior, ha encaminado mi existencia vital hacia un nuevo sendero luminoso de entender la vida, mi vida. La automedicación, la autoayuda y el autoconocimiento me han alejado automáticamente de la actitud tóxica de familiares, amigos y conocidos. Ellos son quienes no tienen interés alguno en comprender nada porque habitan en el universo del consumismo capitalista, materialista, hedonista y todo aquello que termine en “ista”. Pero como he sido agraciada por un ente superior que alumbra mis actos, sé que más pronto que tarde saldrán del lado oscuro y se integrarán al mundo sano del cuidado y limpieza del alma y del espíritu. Tiempo al tiempo. Para lograrlo, sólo tendrán que eliminar de una vez por todas sus diminutos sentimientos de amor superficial (empezando por su descomunal sentimiento de amor a las grandes superficies).
Puede que comiendo alpiste consiga que disminuyan los niveles de colesterol en mi organismo (a cambio de atrofiar el sistema intestinal), pero me siento libre como un pájaro (de mal agüero, según mi madre). Aunque, si soy totalmente sincera (empezando conmigo misma), de volar tan alto en el mundo de la automedicación, creo que me voy a dar una hostia contra la realidad de tres pares de cojones. Seguro que será de tal calibre que no me recuperaré ni leyendo “Ahora” de Ektar Thole, ni la “Buena Suerte” de Alex Rovira, ni tampoco tras averiguar de una puta vez “¿Quién se ha llevado mi queso?”.
Lo único que tengo claro de todo este berenjenal de vida alternativa en el que me he metido, es que de tanto vaciar mi interior, me está entrando tal hambre que de buena gana me comería un cochinillo asado segoviano incluso si tuviera que sacrificarlo yo misma con mis propias manos (aunque esto último jamás lo confesaré en público, que quede claro y quede entre nosotras).

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