HABLEMOS DE LA AMISTAD

Para muchos, la palabra amistad es la palabra más bella del diccionario del idioma castellano. Lo dice una encuesta, en la cual no participé. De haberlo hecho, personalmente habría elegido otras palabras como esternocleidomastoideo (que define los tres puntos óseos donde se inserta este músculo), u ornitorrinco (que define la fealdad del animal que representa).

Con lo del músculo estoy de acuerdo, pero con lo del ornitorrinco, no tanto. El pobre bicho nació así, no tiene arreglo. Pero el creador del idioma castellano podía haber sido misericordioso y en lugar de eso, prefirió ser miserable. Pudiendo haber elegido otras palabras mas bellas como «patutria» (mezcla de pato + nutria) o «rapezoca» (mezcla de rata + pez + oca), eligió ornitorrinco, y se quedó tan pancho. Da la impresión de que estaba cansado de dar lo mejor de sí mismo tras poner nombre a toda la flora y fauna del planeta tierra, que dejó para el final lo que ya no tenía arreglo posible.

A mí me pasa algo parecido con las relaciones amorosas que acaban de manera muy fea. Después de haberlo dado todo, al final, no sé cómo llamar a lo que ya no tiene arreglo posible. Por ejemplo, al estado en el que quedó mi última relación sentimental, me hubiera gustado haberle puesto nombre. Podría haberla llamado “amistad madura”. Gracias a esa denominación, podría disfrutar hoy en día de una cita madura, quedar a cenar de vez en cuando como adultos maduros, o vernos como personas maduras para tomar unas copas y compartir las novedades maduras de nuestras vidas maduras como personas separadas. Y, si se tercia, acabar follando por los viejos tiempos, y con la madurez que sólo otorga la amistad.

También podría haber llamado a la relación “afamigoce” (mezcla de afecto + amigo con derecho a roce) o “polvamigosabadonoche” (mezcla de amigo + echar un polvo + sábados por la noche).

Pero lamentablemente nunca es así. Cuando el amor desaparece, con él se va toda forma posible de acto carnal. La amistad debería sobrevivir, pero lamentablemente, nunca es así (insisto). Se va dejando todo para el último momento, y al final, los sentimientos quedan tan desfigurados que es imposible ponerles nombre. Y mucho menos la categoría de amistad.
Hoy, apenas queda nada de aquella sublime relación temporal y de todo lo que llegamos a significar el uno para el otro. Salvo cuando veo en La 2 un documental sobre ornitorrincos. Es precisamente en ese momento cuando pienso en la suerte que tiene el ornitorrinco por llamarse ornitorrinco. El pobre bicho no sabe que su nombre es ornitorrinco, ni falta que le hace. No sabe que su fealdad no tiene arreglo, ni falta que le hace. Del mismo modo, mi último amor tampoco tuvo arreglo posible, ni tampoco llegó a tener tal nombre, que es lo mismo que decir que ya no queda recuerdo alguno. Ni falta que hace.

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