EL PUTO GYM

Acudo diariamente al gym. Siendo honesta conmigo misma, no voy para estar en forma, ni por obtener los beneficios saludables que proporciona el ejercicio físico periódico, ni tan siquiera voy por aquello del “Mens sana in corpore sano”. Lo hago para perder peso, estar delgada y así, ligar más.

Que conste que no soy la única. Sé de muchas tías y muchos tíos que van al gym para quitarse de encima lo que más les pesa en su conciencia, es decir, la gula. La mayoría tira al mes la toalla (sudada) porque no ven resultados a la vista. Pero en mi caso, comencé a adelgazar desde el momento en el que firmé la matrícula de inscripción. En ese momento, noté la pérdida de peso de mi cuenta corriente, ya que la matrícula no es apta para todos los bolsillos. Y menos para los de una funcionaria interina como yo.

El efecto astringente del gym es inmediato y alcanza todos los ámbitos de mi persona. Antes incluso de asir la primera mancuerna o participar en la primera clase colectiva de Body Pump, se percibe la sensación de que los ahorros adelgazan a pasos agigantados y a la misma velocidad de zancada que mis pasos en la cinta de correr. La culpa, en este caso, es el pago de la cuota mensual, que casi iguala a la letra hipotecaria del apartamento de mierda en el que vivo sola con mi gata recogida de la calle.

Tras un par de meses asistiendo devotamente a diario al gym y gracias a una estricta dieta sin azúcares, los efectos del sufrimiento han mellado mi ser, tanto en el aspecto físico como en el equilibrio mental (y no por ese orden precisamente). Todas mis amigas notan el cambio en mi carácter. Más agrio, me dicen. Será por la falta de azúcar, respondo yo. Mi banco de siempre está notando también la degradación física de mi cuenta corriente y me han confesado que, de seguir así, pronto mi debilidad financiera será equiparable a mi flaqueza muscular.

Alguien (no recuerdo quién) dijo una vez que para estar bella hay que ver las estrellas. Personalmente me veo más cerca de estrellarme económicamente contra el suelo que de vislumbrar brillo alguno por muy alta que ponga la mirada en el cielo al hacer las series de 15 abdominales.

De hecho, me estoy quedando tan delgada que ya no doy ni sombra. Espero que para llamar la atención de la mujer que me gusta no tenga que girar alrededor de ella para captar su atención visual. Soy de mareo fácil y a la tercera vuelta seguro que la vomito encima. Aunque con el poco alimento sólido que ingiero, la cubriría de bilis. Si llega a suceder, me caerá un buen guantazo en la cara que me hará ver las estrellas. Pero será la prueba fehaciente de lo bella que ya soy por fuera (y de lo vacía que me siento por dentro).

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