INFELIZ SAN VALENTÍN

Mi mejor amigo trabaja como cocinero en un restaurante de menú del día en un barrio obrero del extrarradio. Está casado con su novia de toda la vida a quien conoció en tercero de B.U.P. Desde entonces están juntos. Primero lo hicieron como compañeros de pupitre, luego como novios, después como matrimonio y ahora lo siguen haciendo como padres de dos criaturas de 15 y 13 años (que es lo mismo que decir que lo que realmente están haciendo es compartir piso con dos adolescentes).

Solemos quedar una vez al mes para ponernos al tanto de nuestras vidas. Él suelta su parrafada sobre la suya de cocinero casado y yo guardo silencio sobre la mía de informático soltero. Por lo que dice y el modo en el que lo dice, su cotidianeidad doméstica necesita ser escuchada a fuego lento más que conocer los aderezos de mi edulcorada soltería.
Después de tres horas y media de monólogo aliñado con lamentos, quejas y unas gotas de sollozo, nunca halla solución posible al tedio matrimonial que le tiene frito y apenas aporta sal a la monotonía de la receta «de casa al trabajo y del trabajo a casa». Mientras escucho el pochado de agonía, asiento con la cabeza, enarco las cejas cada tres minutos y suelto frases hechas a modo de consuelo condimentadas con interjecciones y monosílabos para terminar abonando íntegramente todas las rondas de gin-tonics.
Esta misma tarde hemos quedado en el bar de siempre tras apagar el ordenador (yo) y los fogones (él). Para animar la insipidez que invade su relación amorosa desde hace seis lustros, he decidido sacar a colación el catorce de febrero que está a la vuelta de la esquina. Le he dicho que es una buena oportunidad para encender la pasión, que es una fecha especial para reiniciar el cariño desactualizado por el paso del tiempo, que ejecutar un programa de actividades románticas aceleraría las operaciones entre ambos y mil hipervínculos más para animarle en una relación afectivo-sexual colgada desde hace años y necesitada de un reajuste del sistema operativo. También le he preguntado qué tiene pensado hacer ese día tan importante para el amor. “Cocido”, me ha respondido. “Todos los jueves en el restaurante hago cocido.”

Creo que no ha comprendido bien el significado de mis palabras.

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