DOS PALABRAS

Voy a publicar una novela. Vengo de ver a mi editor y le ha encantado. Que si la trama es maravillosa, que si el lenguaje es único, que si el estilo es personal, que si esto y que si lo otro. En dos palabras: todo perfecto.

Sin embargo, el título que he propuesto para la novela no le gusta lo más mínimo. Es más, le horroriza. En dos palabras: todo fatal. Que si no es «catchy», que si no es «selling», que si le falta «engagement» y otros términos del marketing contemporáneo que sólo entiende él y los que son como él. En dos palabras: un gilipollas.

Después de tres años de investigación, documentación, contrastando datos, cifras, fechas, citas y testimonios, entrevistando a testigos, visitando enclaves decisivos y relegando mis responsabilidades de padre de familia numerosa en pos de una narrativa sin parangón, lo único que realmente importa es el puto título.

«Es que si el título no capta la atención del lector, no hay lector. Y si no hay lector, no hay ventas. Y sin ventas, no hay dinero suficiente para pagar tus gastos de escritor que tarda tres años en investigar, documentar, contrastar datos, cifras, fechas, citas y testimonios para escribir 600 páginas», me ha dicho para justificar el cambio de título (el muy gilipollas, insisto).

Ya sabía que Joseph Conrad realizó varios intentos hasta dar con El corazón de las tinieblas y que Umberto Eco aceptó El nombre de la rosa como sugerencia de la editorial, pero ha vuelto a recordármelo como si sirviera de algo comparar la narrativa de Conrad y Eco con mi propio estilo (digo estilo por ser generoso conmigo mismo). «Conrad y Eco son sólo un par ejemplos de la importancia del título», ha remarcado con tono de voz color rotulador fosforito Stabilo Boss.

Al final, he accedido a sus demandas y mi novela histórica llevará un título más propio de Ken Follet, Dan Brown y Bernard Cornwell que de un autor sin nombre ni apellido de relumbrón literario como yo. A decir verdad, no ha necesitado mucho tiempo para convencerme, ni tampoco añadir más argumentos de peso. La conversación ha terminado con la rúbrica del contrato que garantizará el cambio de título por completo y ningún cambio en mis honorarios de humilde escritor desconocido y estilo de vida basado en la ingesta de caviar beluga a diario acompañado de una botella de Don Perignon. En dos palabras: bon appetit

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