AMOR VEGANO

Al amor le pasa lo mismo que a las verduras fritas en tempura, que cuando el rebozado es excesivo, se pegan entre sí.

Esta reacción química (y sobre todo física) se debe a que hay verduras que no se llevan bien y cuando la combinación natural de elementos no cuaja, comienzan a discutir al calor de la vitrocerámica. Tan pronto como se calienta el aceite, empieza a hervir la convivencia y el roce de la fricción en espacios reducidos no provoca cariño sino rechazo. Es en ese momento cuando se acabó comer saludablemente, o lo que es lo mismo, se marchitó el amor gastronómico de tanto usarlo (como cantaba Rocío Jurado).

Les cuento esto porque tengo un romance con una mujer casada. El marido no sabe nada, o eso cree ella (y también creo yo). Dice de él que es un inmaduro insípido y que por eso está conmigo, que estoy más sazonado en la práctica de las artes amatorias.

Hace tiempo que el fruto de su amor, un hijo universitario de veintipocos años, crece con su media naranja en Bruselas y desde que salió del tiesto hogareño ya no hay razón que una al matrimonio. También ella lamenta que por más grande y dulce que ha sido la zanahoria que le ha puesto delante del hocico durante años a su marido, éste no responde a sus atenciones como respondo yo con el abono regular del fértil campo de su piel. Los cuidados que exige mantener un matrimonio florido y hermoso han acabado dejando la relación en barbecho para él. Pero no para ella, ya que desde que brotó el injerto que puse en el tallo de su infelicidad, no paran de crecer ramificaciones de sentimientos hacia mi persona.

Hay que añadir que hace tiempo que la frescura pasional de juventud se marchitó sin el riego automático que supone el cuidado constante de las raíces. Puede que por eso esté buscando otro jardinero impetuoso y me tenga a mí para regar de ternura las flores de su juventud perdida.

Por mi parte, mimo los brotes verdes de su afecto susurrando palabras bonitas al oído para que el sentimiento crezca buscando la luz del sol. Aunque por otro lado, también me gustaría saber lo que susurra mi propia esposa a su amante diez años más joven que ella. Sé que se ven desde hace meses. Sé que está fuerte como un roble y más fresco que una lechuga y que por eso su ciruelo aguantará rígido como un pepino más tiempo que mi marchita fidelidad, que ya no reverdece ni con fertilizante extramarital.

Qué raro resulta el sexo sin amor: el pecado carnal muta en pecado vegetal.

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