LA CESTA DE LA COMPRA

Tengo la manía de mirar lo que compra la gente cuando va a pagar en la caja del súper. Mientras espero mi turno, contemplo la procesión de productos avanzando religiosamente por la cinta transportadora al paso de cofradía sevillana e imagino el carácter del cliente que escoge un tetra-brik de leche desnatada versus quien lo hace de leche entera. ¿Será de trato fácil o tendrá mala leche? (Perdón por el chascarrillo, no he podido resistirme).

Me pregunto si detrás de tres pizzas tamaño familiar se esconde realmente una gran familia o una persona con gran soledad y gran pereza por cocinar su propia comida.

¿Qué hará nada más levantarse quien compra cuatro cajas de cereales deshidratados, seis kilos de naranjas, dos docenas de huevos y una bandeja de beicon en lonchas?

Todas las respuestas a las preguntas del psicoanalista están encima de la cinta transportadora del supermercado y no sobre el diván de una sala en penumbra. Y teniendo en cuenta el precio de la hora de sesión de terapia, es como para pensar seriamente sustituir la cita médica por recibir la vez en la cola de la carnicería.

Siguiendo la metodología de observación de campo (a veces en Carrefour, otras en Eroski y otras en Lidl) resulta fácil valorar si el grado de ansiedad roza lo enfermizo por el numero de tabletas de chocolate que se adquieren o si el complejo de Edipo es el motor que guía el consumo a juzgar por la familia de productos que escoge el consumidor.

Algunas teorías politicoeconómicas afirman que cuando el cliente compra lo que compra está ejerciendo su derecho al voto. Y tienen razón. No hay mayor demostración de sufragio universal que la lista de la compra. Cada Mercadona de cada suburbio de las afueras es un colegio electoral y cada caja registradora es una urna de votos a favor del consumo mayoritario de productos poliinsaturados y algunas verduras para compensar como hace la oposición (pero sin valor representativo en el hemiciclo de la despensa).

Suelo dejar para el viernes por la tarde la compra de la semana, como supongo que también hará usted, aunque por una razón muy diferente. La mía es que ese día y a esas horas encuentro el súper a rebosar de personas y las colas en las cajas son kilométricas (sin que ello me moleste lo más mínimo). Puedo pasar horas y horas imaginando cómo será la vida de cientos de personas analizando aquello que compran, por cuánto dinero lo hacen  y por cómo lo pagan. En el fondo lo hago para dar forma a los personajes que después uso como protagonistas de mis artículos dominicales, como este mismo que esta usted leyendo.

Aquí termino, que hay una mujer detrás de mí en la cola para pagar que me mira raro porque llevo tres botes de gel lubricante íntimo.

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