MEA CULPA

A la gente le gusta cantar en la ducha. Será porque cantando se espantan los males o porque el agua purifica, no sé.

Es cierto que el mejor modo de purificar el espíritu es vociferando el último éxito de Freddie Mercury bajo la lluvia del grifo plateado modelo Gröngnen que venden en Ikea y puedes instalar tú mismo con tan solo tres giros de muñeca.

Los médicos endocrinos, que tanto saben de nutrición y metabolismo, también aconsejan encarecidamente ir al baño tres o cuatro veces al día, y también para purificar el interior (en este caso, el interior físico).

Dejando de lado la higiene corporal matutina, justifico mi visita al espacio íntimo del hogar para aliviarme de aquello que oprime mi alma o la vejiga, que es otro órgano que tampoco se ve pero se siente como se siente el alma. Es entonces cuando entono el «mea culpa» y orino lo indecible tras la ingesta de litro y medio de agua diaria, sin contar las bebidas espirituosas de las que soy fervoroso sediento (había escrito adicto, pero lo he tachado para que no me tomen por borrachuzo).

Supongo que mi «mea culpa» es literal y por eso libero mi carga pecaminosa en forma de agüita amarilla al tiempo que suelto el lastre emocional sobrante que mi organismo no quiere como inquilino en el templo de mi conciencia.

Siguiendo la prescripción médica a pies juntillas, algunos obedientes como yo, vamos al excusado incluso en seis o siete ocasiones con devota fidelidad (había escrito felicidad pero lo he tachado para no ser demasiado explícito).
A veces lo hacemos para cantar bajo la lluvia procedente de la alcachofa de grifería nórdica y otras para expulsar la ira interior y despejar cualquier atisbo de duda sobre las sombras que anublan nuestro entendimiento y cubren de negrura nuestra existencia (había escrito «para quitarnos de encima los marrones del día a día», pero lo he tachado para evitar símiles escatológicos).

Habrá quien considere que el artículo de hoy es una asquerosidad y habrá quien considere que nuestra habitación propia es ese lugar alicatado hasta el techo y con detalles cromados de diseño sueco. En cualquier caso y llegados a este punto, agradezco la incontinencia lectora y espero que sus esfínteres rijan cumpliendo sus órdenes y no las de la madre naturaleza a su libre albedrío.

Y si leen este artículo con el móvil en la mano y sentados en el trono, sólo les puedo decir una cosa: en la república independiente de su casa, usted es el rey (o la reina).

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