FOLLAR O HACER EL AMOR

Tuve una novia que tras el coito me preguntó en una ocasión por qué follaba tan apasionadamente. «Porque no sé cuándo será la última vez», respondí yo al tiempo que encendía un segundo Marlboro a los pies de la cama. Y aquella ocasión fue nuestra última ocasión. Al día siguiente me abandonó argumentando como explicación de su decisión que no era yo, sino ella (es decir «no eres tú, soy yo»).

Nunca entendí la expresión «no eres tú, soy yo» y menos cuando tras cinco palabras se esconden cientos de razones más válidas, creíbles y benignas para el estado emocional de un corazón entrado en años como el mío.

A veces, el miedo a hacer daño al prójimo es más perjudicial que el daño propiamente dicho. Imagínense al árbitro de fútbol que expulsa al jugador tras mostrar la tarjeta roja  argumentando su decisión diciendo «no eres tú, soy yo». O al director de recursos humanos que despide al empleado impuntual y le espeta a la cara «no eres tú, soy yo». O el militante del Partido Popular que vota a Vox y justifica su decisión musitando a Pablo Casado al oído «no eres tú, soy yo».

El daño por rechazo o abandono es irremediable, irreversible e irreparable. Está en la propia naturaleza humana provocarlo al prójimo en el difícil momento de la separación como está en la propia naturaleza del león y del antílope africano tener que correr para sobrevivir (aunque cada uno por diferentes motivos).

Supongo que la posición del verbo «ir» (con funciones de prefijo) es lo que define la acción y resulta ser decisivo a la hora de afrontar el veredicto final. Sin el verbo «ir», lo irremediable es remediable, lo irreversible es reversible e incluso lo irreparable consigue ser reparable. Por eso, la tercera conjugación del verbo «ir» tiene aún más significado si cabe que la primera conjugación del verbo «quedar» donde además de implementar el movimiento de la huida, el que da primero, da dos veces.

A lo mejor por eso cuando hago el amor con quien sea mi pareja en ese momento, siempre lo hago  apasionadamente. Puede que lo haga porque no sepa cuando será nuestra próxima vez o porque realmente sé que será mi última vez y sea el destino el que me esté diciendo que me tengo que ir, en lugar de quedarme con quien no deseo conjugar nada más que un instante efímero.

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