LA CHICA DE LA CURVA

La conclusión que he sacado del resultado de las últimas elecciones municipales es que se puede perder cuando se gana y que la victoria es posible incluso si hay derrota.

Los caprichos del destino deambulan de un lado a otro por los caminos inescrutables del Señor. A más de un candidato y a más de una candidata (prefiero no decir nombres ni apellidos), les ha venido a ver la Virgen tras el recuento de votos. Para que luego digan que Dios no existe.

En los Estados donde dicen que hay Estado democrático, también se dice que el pueblo es soberano en sus decisiones. Lo que no sabemos es si el resultado de la decisión en el momento de meter la papeleta en urna se toma en base a una reflexión previa fundamentada en contrastar los programas electorales de los distintos partidos o es el efecto de haber tomado tres copas de Soberano (el brandy).

Si la Junta Electoral Central fuera consciente del peligro que supone poner el manos de la ciudadanía analfabeta funcional la conducción del país, pondrían un control de alcoholemia en la entrada de cada colegio electoral. Viendo el modo en el que han derrapado muchos votantes al tomar las curvas cerradas a la derecha, podríamos asegurar que la soberanía del pueblo ha derivado en soberana tontería.

Que gran parte de la población no lee es algo sabido por todos (especialmente por quienes leemos la prensa), y que absolutamente nadie lee los programas electorales es algo que saben muy bien los partidos políticos. Por eso, las medidas para acabar por escrito con el desempleo se quedan en medias tintas, las soluciones para los problemas sociales permanecen sin resolver y los sólidos planes en ciencia, cultura e investigación terminan en agua a borrajas antes de evaporarse definitivamente por el efecto de la sublimación.

En campaña electoral, los políticos hablan (muy alto y poco claro) y en las urnas hablamos los ciudadanos (por lo bajini, pero con claridad). Aunque teniendo en consideración que nadie lee, nadie escucha y siempre hablan los mismos, da igual a quien se vote, el partido que gane o el candidato que pierda. Al final lo único que importa es que tras el recuento de votos aparezca la Virgen (y no la Chica de la curva). Menuda papeleta.

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