BUKAKE

Lo más parecido a un bukake que he estado en mi vida, ha sido en una fiesta de la espuma hace dos años. Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto. Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto. Te canté una canción al oído y me pusiste un cubata. “Con una condición”­­– dije– “que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata”. Loco por conocer los secretos de tu dormitorio, esa noche canté al piano del amanecer todo mi repertorio. Los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando. Tú saliste a cerrar. Yo me dije: “Cuidado, chaval, te estás enamorando”. Luego, todo pasó de repente. Tu dedo en mi espalda dibujó un corazón y mi mano correspondió debajo de tu falda. Caminito al hostal nos besamos en cada farola. Yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola. Y nos dieron las diez, y las once, las doce y la una, y las dos y las tres. Y desnudos al anochecer nos encontró la luna.

Para que luego digan que las letras de las canciones no pueden inspirar cosas que no tienen nada que ver. O dicho de otro modo, cómo estropear una hermosa historia de amor ficticio con un título completamente obsceno para conseguir que los usuarios de Facebook lean un artículo dominical que sólo pretende hacerles sonreír. Espero haberlo conseguido. Si no es así, siempre se pueden consolar escuchando la canción de Joaquín Sabina.

Aunque personalmente, prefiero la versión de Enrique Urquijo.

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