VIVA EL AMOR

Gabriel García Márquez dijo en un momento dado de su vida que los escritores escriben para que los quieran. Lo que no especificó en el momento de decirlo fue el tipo de personas que quería que les quisieran ni tampoco el modo de recibir ese amor (ni hacia él, ni hacia otros premios Nobel como él).

Personalmente no escribo para ser querido sino porque quiero escribir. A veces lo hago por amor y otras por odio, que es un sentimiento tan válido como cualquier otro para justificar el acto de escribir y también una poderosa motivación (incluso más fuerte que el hecho de hacerlo para ser amado).
Aunque he de reconocer que siempre lo hago por la necesidad de narrar lo que vivo en primera persona, o por lo que viven terceras personas, o por aquello que viven personajes que me invento (que son las cuartas personas que habitan dentro de la primera persona del masculino singular, o sea, yo).

Cuando veo el ranking de superventas tras la Feria del libro de Madrid, me doy cuenta de la cantidad de escritores a los que quiere la gente. El público lector madrileño permanece horas y horas bajo la lluvia o soportando un sol de justicia por mostrar su amor a quien le escribe una dedicatoria en la guarda de un libro sin que ello sea garantía de ser leído. Este ritual que ejecutan cada año (incluso hay quien renueva votos con los mismos autores Feria tras Feria), me conduce a pensar que la única literatura que se lee en España se reduce a la frase de la dedicatoria. En cambio, leer el libro, lo que se dice leer el libro: «Ya si eso, para las vacaciones de la playa».

Por suerte, en la Feria del libro de mi pequeña capital de provincias no llevan a cabo ningún ranking de libros superventas. De este modo, todos los autores que estamos presentes en las pocas casetas que invaden la avenida peatonal que  atraviesa la ciudad nos otorgamos a nosotros mismos el título de escritor más querido. A fin de cuentas, es el objetivo de la escritura según dijo uno de los autores más queridos por los lectores (y también por los editores que año tras año se forran a su costa), aún sabiendo que sus textos pasarán a dormir el sueño eterno en el «cementerio de los libros olvidados» de Macondo.

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