NIÑOS GRATIS

La primera vez que viajé con mi novia a Londres subimos a un autobús de dos pisos. Pero no fue al típico autobús urbano de dos pisos pintado de rojo que sólo hay en Londres, sino al autobús típico que cogen los típicos turistas para hacer un recorrido por lo más típico ciudad.

A la hora de sacar el tique, había una oferta que decía “Two adults, children free” (por dos adultos gratis un niño, entendimos). Y dijimos que “Yes”, o sea, que sí. Tras el recorrido por Buckingham Palace, London Bridge, Covent Garden, Westminster Abbey y otros lugares de cuyo nombre “I don’t remember”, nos apeamos en la última parada de Trafalgar Square. Salimos del autobús con todo Londres en la retina y un niño gratis agarrado a la mano. El niño de unos ocho años no dijo nada, ni nosotros pusimos objeción alguna ya que mi novia y yo llevábamos varios meses tratando de tener un bebé y no lo conseguíamos. Lo habíamos intentado en la cama de nuestro dormitorio, en la cama de una habitación de hotel rural, en la cama de un Parador de la Costa del Sol, incluso en la cama de una clínica de fertilidad. Pero “nothing the nothing”, o sea, nada de nada. Y mira tú por dónde, tuvimos que ir a Londres a por él. Para que luego digan que los niños vienen de París (ciudad donde también lo intentamos en dos ocasiones en sendas camas de distintos hoteles, una con vistas a la Torre Eiffel y en otra con la cara mirando a la almohada).

La primera vez que el niño inglés abrió la boca fue para pedir comida: “I´m hungry”, dijo con perfecto acento británico. Y fuimos a un Burguer King que donde comen dos, comen tres. El hijo de la Gran Bretaña tenía tanto apetito que junto a su “King Junior Meal”, engulló el “Whopper” que había pedido mi novia y mi “Doble Cheese Bacon XXL” que apenas había probado, además de sus correspondientes bebidas carbonatadas a las que añadió la tercera de la promoción del menú infantil. Al salir del restaurante, el crío continuaba parloteando sin parar en su lenguaje de imperialista colonial. Y cada vez que lo hacía, era para pedir algo y siempre en inglés, “of course”. Por suerte, mi novia sabe idiomas y traducía todo lo que salía por su boca de pequeño ciudadano británico de la Commonwealth, aunque el que finalmente acababa pagando la factura era yo (como si fuera un súbdito colonial).

De esto han pasado más de seis meses. Y ahora estoy en casa viendo el canal internacional de la BBC donde no entiendo nada, con un niño inglés a mi lado al que tampoco entiendo nada y tratando de entender en qué momento se torció mi vida.

Tal y como dice el refrán: “be careful what you wish for, you may get it”.

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