LA ESPERA Y LA ESPERANZA

María Teresa esperaba encontrar al amor de su vida antes de llegar a los treinta, pero acabó encontrando un bulto en su pecho izquierdo.

No parece grave–dijo el oncólogo con medida serenidad–. Sólo hay que ser paciente y tener paciencia.

¿Y para encontrar el amor?–preguntó ella.

Basta con tener paciencia–insistió el doctor.

Pero María Teresa no sabía si el tiempo que la quedaba por delante se acabaría antes que la paciencia, y decidió entrar en una de esas páginas web de contactos diseñadas para encontrar rápidamente aquello que había echado a perder con el paso del tiempo. Es decir, el tiempo.

Durante semanas compaginó las sesiones de búsqueda de lo uno con las de desaparición de lo otro. Las visitas al hospital eran casi tan frecuentes como las visitas a la página web.

Poco a poco fue perdiendo peso, pelo, tersura en la piel y brillo en los ojos. Pero la ilusión de hallar a alguien con quien compartir lo que iba quedando de cuerpo no la perdió jamás.

Puede que su paciencia estuviera muy por encima de su deseo de seguir siendo paciente. O puede que su empeño en buscar la amistad más duradera fuera clave para vencer al enemigo más atroz.

Al final, el destino quiso que el bulto desapareciera para siempre del pecho de María Teresa. Pero la búsqueda del amor eterno en su corazón no terminó nunca.

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