CHANEL Nº5

Cada mañana, antes de salir por la puerta de casa, me miro al espejo y sonrío. La sonrisa es lo último que me pongo encima tras echarme colonia y haberme atusado la melena rubia que tanto éxito tiene entre el público masculino (y parte del femenino).

Tanto lo primero como lo segundo, procuro que me dure todo el día. A veces, antes de entrar en la oficina, vierto nuevamente unas gotitas de perfume en el escote, como hacía Marilyn, para hacer acto de presencia en el trayecto que va desde el ascensor hasta mi despacho. Y para acompañar al aroma Chanel Número 5, suelo cambiar la sonrisa de salir de casa por otra sonrisa de oreja a oreja, que luzco a la cara de cada compañero de oficina y con todos aquellos jefes y supervisores con los que me cruzo, capaces de sostenerme la mirada en lugar de extraviar sus ojos en el canalillo de mis tetas operadas.

A media mañana, levanto la cabeza de la pantalla del ordenador y acudo al cuarto de baño para asegurarme de que la curva de la sonrisa no se ha invertido tras la lectura de emails, o ha adquirido cierta deformidad por el contenido de las conversaciones telefónicas. Lamentablemente, el espejo suele confirmar que los labios han perdido la elasticidad inicial de primera hora del día y manifiestan una rigidez más propia de un funeral que de un viernes. Pero no me afecta. Aprieto los dientes como si estuviera mordiendo un entrecot en lugar de morderme la lengua (que es el pedazo de carne que muerdo en realidad), y regreso a mi puesto de trabajo mostrando a los ojos de los demás, que no hay nada que no cure la actitud optimista y el sonido de mis tacones aguja repiqueteando sobre el parqué.

Al llegar a casa, tras ocho horas pegada al ordenador y dos horas más con el culo pegado en el asiento del transporte publico, caigo derrengada en el sofá de piel falsa de IKEA que compré hace dos años en la sección de saldos con tara. Es en ese momento cuando me doy cuenta una vez más de la mierda de vida que llevo. Puede que sea por eso por lo que todo huele tan mal a mi alrededor y tenga que gastar la mitad de mi sueldo en un bote de Chanel Número 5. Para eso, al menos me llega la nómina, pero para poco más. Puta vida.

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