DOBLEGAR LA CURVA

El miedo que tengo a doblegar la curva es que la cuesta abajo me pille sin frenos.

El bofetón que voy a darme será épico, casi tan épico como la escena final de la playa en la película El Planeta de los Simios. Lo malo es que no estamos dentro de una película y tampoco dentro de un cine, ya que últimamente sólo se ven series en Netflix desde casa y nadie pisa un local de cine desde hace años (si es que queda alguno en pie, cosa que dudo).

Decir a estas alturas que la pandemia de la Covid nos ha cambiado la vida de forma radical, además de estar demodé es no querer mirar más atrás de los últimos 10 meses. Antes de la llegada del maldito virus, ya éramos muy diferentes tanto los unos con los otros como con nosotros mismos, no nos engañemos.  

Repasando los selfis antiguos que aún conservo en el móvil, me he dado cuenta de que apenas tengo contacto con las personas que me rodean en las fotos que hice en su momento. De hecho, no recuerdo su nombre de pila. Por no saber, no sé ni quiénes son.

Para llevar todo el día y gran parte de la noche un teléfono en la mano, a nadie se le ocurre llamar a viejos amigos para saber cómo les va la vida, cómo se encuentran sus familiares o si hay novedades en el trabajo, en su casa o en la del vecino. Habría que hacerlo, aunque sólo fuera por poner nombre y apellidos a las personas de las fotos selfi que se llevan en el bolsillo junto a las llaves de casa, las monedas para el parking y la cartera repleta de tarjetas de crédito de bancos que tributan en paraísos fiscales.

Puede que la negativa a contactar con viejas amistades sea la pereza, o la desidia o quizá la dejadez. O simple y llanamente sea por miedo a enterarnos de que han fallecido por culpa del coronavirus y nos remuerda la conciencia haber roto la amistad hace años sin motivo alguno (o si lo hubo, se olvidó).

El caso es que resulta dificilísimo hacer amigos y demasiado fácil perderlos. Ésta será la siguiente curva que habrá que doblegar, y también habría que hacerlo para siempre.

Cuesta muy poco mantener a los amigos, casi tan poco como mantener la suscripción mensual a Netflix. Eso, o revisar con más frecuencia los selfis de la memoria del móvil para no olvidar quiénes éramos cuando fuimos personas con un corazón menos endurecido por el paso del tiempo.

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