LA VIDA ES POSTUREO

No hay palabra que intranquilice más que escuchar la palabra «tranquilo» al inicio de una conversación telefónica que irrumpe en el descanso a altas horas de la madrugada.

Tampoco hay nada más difícil de abrir que el «Abre fácil» de un tetrabrik de leche de una empresa de marca blanca (tan blanca que casi es transparente, la leche, quiero decir. La empresa nunca es transparente).

Del mismo modo, no existe información más confusa para huir del interior de El Corte Inglés que seguir las indicaciones de la señalética que marcan la dirección de salida.

Vivimos rodeados de toda clase de mentira disfrazada de verdad. Una entidad (pública o privada) o un ser incompetente es un mentiroso compulsivo que usa el engaño para ocultar lo que es en realidad. El uso de la farsa se justifica en el miedo del farsante para afrontar la verdad que se espera de su palabra, obra y pensamiento (pero que nunca fue, no es y jamás será).

Estoy convencido de que conocerán algún ejemplo de persona que coincida perfectamente con esta descripción. Puede que incluso sea usted uno de ellos (o de ellas, ya que la mentira no distingue entre géneros). Tampoco se me ofusque si se identifica con quien lo sufre. Ni se ofenda si se reconoce como quien hace sufrir y se da cuenta en este preciso instante porque nadie tuvo la osadía de decírselo a la cara antes de leer estas líneas.

Cada uno es como es. Y alcanzada cierta edad, no hay marcha atrás ni redención posible para lo que se dice o hace. Tampoco la hay para lo hecho o aquello que no se dijo o se dejó de hacer. Por lo tanto, seamos sinceros por una vez en la vida y dediquemos las lamentaciones a los muros digitales de las redes sociales. Asumamos para siempre y sin rubor que la estupidez es la actitud dominante, que la mediocridad acaba triunfando, que la pantomima es el modo de entendimiento y que aquí paz y después gloria (por este orden).

Al final convivimos con la mentira como me temo que tendremos que convivir con el virus de la Covid. Nos costará tiempo acostumbrarnos, pero ya llevamos casi un año llevando la mascarilla a diario y hasta yo mismo he aprendido a mentir con ella puesta sin que mis ojos me delaten. La vida es postureo.

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